sábado, 4 de octubre de 2014

(XII) EL DESARROLLO DE LAS FACULTADES MENTALES: 51. “La Preparación Para La Escuela”

Los primeros ocho o diez años. Los niños no deberían estar mucho tiempo dentro de las casas; no se les debería exigir que se apliquen con mucho tesón al estudio hasta que se haya echado un buen cimiento para el desarrollo físico. Durante los ocho o diez primeros años de la vida del niño, el campo o el jardín constituyen la mejor aula, la madre, la mejor maestra, y la naturaleza el mejor libro de texto. Hasta que el niño tenga edad suficiente para asistir a la escuela se debería considerar su salud más importante que el conocimiento de los libros. Debería estar rodeado de las más favorables condiciones para el crecimiento físico y mental (La Educación, pág. 204). 

Existe la costumbre de enviar a los niñitos prematuramente a la escuela. Se requiere de ellos que estudien de los libros cosas que sobrecargan su mente. . . . Este proceder no es sabio. Un niño nervioso no debiera ser sobrecargado de ninguna manera (Fundamentals of Christian Education, pág. 416). 

El programa del niño durante la infancia. Durante los primeros seis o siete años de la vida del niño, debiera dedicarse especial atención a su educación física antes que a la intelectual. Si su constitución física es buena, después de este período debieran recibir atención ambos tipos de educación. La infancia se extiende hasta la edad de seis o siete años. Hasta este período, debiera dejarse que los niños correteen de acá para allá, como corderitos, por la casa y los patios, dando rienda suelta a sus estados de ánimo, saltando y retozando, libres de cuidado y tribulaciones. Los padres, y especialmente las madres, debieran ser los únicos maestros de esas mentes infantiles. La educación no debiera provenir de los libros. Por regla general, los niños aprenderán las cosas de la naturaleza mediante preguntas. Harán preguntas en cuanto a lo que ven y oyen, y los padres debieran aprovechar la oportunidad para instruir y responder pacientemente a los pequeños preguntones. En esa manera, pueden anticiparse al enemigo y fortalecer la mente de sus hijos sembrando buenas semillas en su corazón, sin dejar terreno para que se arraiguen las malas. En esta tierna edad, la amante instrucción de la madre es lo que necesitan los niños para la formación del carácter. 
(Pacific Health Journal, septiembre de 1897). 

Lecciones durante el período de transición. La madre debiera ser la maestra y el hogar la escuela donde cada niño reciba sus primeras lecciones, y esas lecciones debieran incluir hábitos de laboriosidad. Madres, permitid que los pequeños jueguen al aire libre; permitidles que escuchen los cantos de los pajarillos y conozcan el amor de Dios tal como se expresa en sus bellas obras. Enseñadles sencillas lecciones del libro de la naturaleza y de las cosas que los rodean, y a medida que sus mentes se expandan, pueden añadirse lecciones de los libros y pueden fijarse firmemente en la memoria. Pero aprendan también a ser útiles, aun en sus años más precoces. Enseñadles a pensar que, como miembros del hogar, han de realizar su parte con interés y espíritu de ayuda, compartiendo las tareas domésticas y buscando el ejercicio saludable en la realización de los deberes necesarios del hogar. 
(Fundamentals of Christian Education, págs. 416, 417). 

No necesita ser un proceso penoso. Tal educación es de un valor indecible para un niño, y esta preparación no necesita ser un proceso penoso. Puede darse de tal manera que el niño halle placer aprendiendo a ser útil. Las madres pueden entretener a sus hijos mientras les enseñan a cumplir pequeñas tareas de amor, pequeños deberes del hogar. Esta es la obra de la madre: instruir pacientemente a sus hijos, línea sobre línea, precepto sobre precepto, un poquito aquí y un poquito allá. Y al hacer esta obra, la madre misma obtendrá una educación y una disciplina incalculables (Carta 55, 1902). 

La moral puesta en peligro por los compañeros de escuela. No enviéis a vuestros pequeñuelos a la escuela demasiado precozmente. La madre debiera ser cuidadosa al confiar a otras manos el dar forma a la mente del niño (Christian Temperance and Bible Hygiene, pág. 67). 

Muchas madres creen que no tienen tiempo para instruir a sus hijos, y a fin de sacárselos del camino y librarse de su ruido y molestia, los mandan a la escuela....

No sólo se ha puesto en peligro la salud física y mental al enviarlos a la escuela demasiado precozmente, sino que han perdido desde el punto de vista moral. Tuvieron la oportunidad de tratarse con niños incultos. Se asociaron con los que son ásperos y rudos, que mienten, blasfeman, roban y engañan, y que se deleitan en impartir su conocimiento del vicio a los que son menores que ellos. Si se deja a los niñitos librados a sus propias fuerzas, aprenden más fácilmente el mal que el bien. Los malos hábitos se avienen mejor con el corazón natural y las cosas que ven y oyen en su infancia y niñez se graban profundamente en su mente; y la mala semilla sembrada en su corazón joven se arraigará y se convertirá en aguzadas espinas que herirán el corazón de sus padres (Solemn Appeal, págs. 130, 132). 

La Conducción del Niño de E.G. de White

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