viernes, 22 de febrero de 2013

(IX) ELEMENTOS FUNDAMENTALES DE LA EDIFICACIÓN DEL CARÁCTER 38. “Estudiad La Edad, El Carácter Y El Temperamento”


No apresuréis a los niños para que salgan de la niñez. 
Los padres nunca debieran apresurar a los niños para que salgan de su niñez. Las lecciones que se les den deben ser de tal carácter que inspiren su corazón con nobles propósitos; pero que sean niños y crezcan con esa sencilla confianza, candor y veracidad que los prepararán para entrar en el reino. (Good Health, marzo de 1880).

 Hay una belleza apropiada para cada período.
 Los padres y los maestros debieran proponerse cultivar de tal modo las tendencias de los jóvenes, que, en cada etapa de la vida, éstos representen la debida belleza de ese período, que se desarrollen naturalmente, como lo hacen las plantas del jardín. (La Educación. pág. 103).

 Una de las parábolas más hermosas e impresionantes de Cristo es la del sembrador y la semilla. . . 
 Las verdades que esta parábola enseña fueron hechas una realidad viviente en la vida misma de Cristo. Tanto en su naturaleza física como en la espiritual, siguió el orden divino del crecimiento, ilustrado por la planta, como él desea que hagan todos los jóvenes. Aunque él era la Majestad del cielo, el Rey de gloria, vino como niño a Belén, y durante un tiempo representó al impotente infante bajo el cuidado de su madre. En su infancia, Jesús hizo las obras de un niño obediente. Hablaba y actuaba con la sabiduría de un niño, y no de un hombre, honrando a sus padres, y ejecutando sus deseos en forma servicial, según la capacidad de un niño. Pero en cada etapa de su desarrollo fue perfecto, con la gracia sencilla y natural de una vida sin pecado. El relato sagrado dice  de su infancia lo siguiente: "Y el niño crecía, y fortalecíase, y se henchía de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él". Y acerca de su juventud tenemos registrado: "Y Jesús crecía en sabiduría, y en edad, y en gracia para con Dios y los hombres" (Luc. 2: 40, 52). 
(Consejos para los Maestros, págs. 108, 109). 

Hay diversidad de caracteres en los miembros de la familia. 
Con frecuencia existen en la misma familia notables diferencias de temperamento y carácter, pues está dentro de los planes de Dios que se relacionen personas de temperamentos variados. Cuando esto sucede, cada miembro del hogar debiera considerar como sagrados los sentimientos y los derechos de los otros y debiera respetarlos. De esta manera se cultivarán la consideración mutua Y la tolerancia, se suavizarán los prejuicios y se alisarán las asperezas del carácter. Podrá lograrse la armonía y la combinación de los diversos temperamentos será un beneficio mutuo. 
(Signs of the Times, 9-9-1886). 

Estudiad las mentes y caracteres individuales. 
Cada hijo traído a este mundo aumenta la responsabilidad de los padres. . . . Han de estudiarse su temperamento, sus tendencias, sus rasgos de carácter. Las facultades de discriminación de los padres debieran ser cuidadosamente educadas, a fin de que puedan reprimir las tendencias equivocadas y fomentar las impresiones correctas y los principios debidos. No se requieren ni dureza ni violencia en esta obra. Debe cultivarse el dominio propio y su impresión debe quedar en la mente y el corazón del niño. 
(Manuscrito 12, 1898). 

Es una obra muy delicada la de tratar con la mente humana. 
 Todos los niños no pueden ser tratados de la misma manera, pues aquella restricción 191 que se debe mantener sobre uno, aplastaría la vida del otro (Manuscrito 32, 1899). 

Vigorizad los rasgos débiles, reprimid los erróneos
 Hay pocas mentes bien equilibradas porque los padres son impíamente negligentes en su deber de vigorizar los rasgos débiles y reprimir los erróneos. No recuerdan que están bajo la más solemne obligación de vigilar las tendencias de cada niño, que es su deber educar a sus hijos en hábitos correctos y en las debidas formas de pensamiento (Signs of the Times, 31-1-1884).

 Estudiad el carácter de cada niño. 
Los niños necesitan constante cuidado, pero no es necesario que les hagáis ver que estáis siempre vigilándolos. Estudiad el carácter de cada uno tal como se revela en su asociación mutua, y entonces procurad corregir sus faltas fomentando las características opuestas. Debe enseñarse a los niños que el desarrollo tanto de las facultades mentales como de las físicas depende de ellos; es el resultado del esfuerzo. Debieran aprender que la felicidad no se encuentra en la complacencia egoísta; tan sólo se halla en la huella del deber. Al mismo tiempo, la madre debiera procurar que sus niños estén contentos (Id., 9-2-1882). 

Las necesidades mentales son tan importantes como las físicas. Algunos padres atienden cuidadosamente las necesidades temporales de sus hijos; los cuidan bondadosa y fielmente mientras están enfermos, y luego consideran que han cumplido todo su deber. En esto cometen un error. Tan sólo han empezado su trabajo. Se deben suplir las necesidades de la mente. Se requiere habilidad para aplicar los debidos remedios a la curación de una mente herida. Los niños han de soportar pruebas tan duras, tan graves en su carácter, como las de las personas mayores. 
 Los padres mismos no sienten siempre la  misma disposición. A menudo su mente está afligida por la perplejidad. Trabajan bajo la influencia de opiniones y sentimientos equivocados. Satanás los azota y ceden a sus tentaciones. Hablan con irritación y de una manera que excita la ira en sus hijos, y son a veces exigentes e inquietos. Los pobres niños participan del mismo espíritu, y los padres no están preparados para ayudarles, porque ellos son la causa de la dificultad. A veces todo parece ir mal. Hay intranquilidad en el ambiente, y todos pasan momentos desdichados. Los padres echan la culpa a los pobres niños, y piensan que son desobedientes e indisciplinados, los peores niños del mundo, cuando la causa de la dificultad reside en ellos mismos (Joyas de los Testimonios, tomo 1, pág. 133).

 Fomentad la amabilidad. 
La mente mal equilibrada, el genio vivo, el mal humor, la envidia o los celos testifican del descuido de los padres. Esos malos rasgos de carácter atraen gran desdicha a quien los posee. ¡Cuántos dejan de recibir, de sus compañeros y amigos, el amor de que podrían gozar si hubieran sido amables! ¡Cuántos provocan dificultades doquiera van y en cualquier cosa en que se ocupen! 
(Fundamentals of Christian Education, pág. 67).

 Los diversos temperamentos necesitan una disciplina diferente. Los niños tienen temperamentos diversos, y los padres no siempre pueden aplicar la misma disciplina a cada uno. Hay diferentes clases de mentalidades y debiera estudiarse con oración a fin de que sean modeladas para lograr el propósito designado por Dios
(Good Health, julio de 1880).

 Madres, . . . dedicad tiempo a intimar con vuestros niños. 
 Estudiad su disposición y temperamento para que sepáis cómo tratarlos. Algunos niños necesitan más atención que otros 
(Review and Herald, 9-7-1901). 

 El trato con niños poco promisorios. 
Algunos niños tienen mayor necesidad que otros de paciente disciplina y bondadosa educación. Han recibido como legado rasgos de carácter poco promisorios, y por eso tienen tanto mayor necesidad de simpatía y amor. Por sus esfuerzos perseverantes, se puede preparar a estos niños díscolos para que ocupen un lugar en la obra del Maestro. Poseen facultades sin desarrollarse que, una vez despiertas, los habilitarán para ocupar lugares mucho más destacados que los de aquellos de quienes se esperaba más. Si tenéis hijos de temperamentos peculiares, no permitáis por ello que la plaga del desaliento pase sobre sus vidas. . . Ayudadles por la manifestación de tolerancia y simpatía. Fortalecedlos con palabras amorosas y actos de bondad para que venzan sus defectos de carácter (Consejos para los Maestros. pág. 89). 

Podéis educar más de lo que pensáis. Tan pronto como la madre ama a Jesús, desea educar a sus niños para él. Podéis educar el carácter de los niños mucho más de lo que pensáis desde sus más tiernos años. El precioso nombre de Jesús debiera ser una palabra del hogar (Manuscrito 17, 1893). 

(La Conducción del Niño de E.G. de White)

domingo, 10 de febrero de 2013

(IX) ELEMENTOS FUNDAMENTALES DE LA EDIFICACIÓN DEL CARÁCTER 37. “El Poder Del Hábito”


Cómo se establecen los hábitos. Cualquier acto, bueno o malo, no forma el carácter; pero los pensamientos y sentimientos acariciados preparan el camino para los actos y hechos de la misma clase (Youth's Instructor, 15-12-1886). 

Por la repetición de los actos se establecen los hábitos y se confirma el carácter 
(Signs of the Times, 6-8-1912). 

El tiempo para establecer buenos hábitos. En gran medida, el carácter se forma en los primeros años de la vida. Los hábitos que entonces se establecen tienen más influencia que cualquier don natural para que los hombres se conviertan en gigantes o enanos intelectualmente, pues por el mal uso de los hábitos, los mejores talentos pueden torcerse y debilitarse. Mientras más precozmente se practiquen hábitos dañinos, más firmemente sujetarán a su víctima en la esclavitud, y más ciertamente rebajarán su norma de espiritualidad. Por otro lado, si se forman hábitos correctos y virtuosos durante la juventud, por regla general determinarán el proceder de su dueño durante la vida. En la mayoría de los casos, se encontrará que los que en los años maduros de la vida reverencian a Dios y honran lo recto, aprendieron esa lección antes de que hubiera tiempo para que el mundo sellara su imagen de pecado en el alma. Las personas de edad madura, por regla general, son tan insensibles a las nuevas impresiones como lo es la roca endurecida, pero la juventud es impresionable 
(Christian Temperance and Bible Hygiene, pág. 45). 

Los hábitos se pueden modificar, pero rara vez se cambian. Lo que el niño ve y oye está trazando profundas líneas en la tierna mente, que ninguna  circunstancia posterior de la vida podrá borrar del todo. Entonces el intelecto está tomando forma y los afectos están recibiendo dirección y fortaleza. Los actos repetidos en cierto sentido se convierten en hábitos. Estos se pueden modificar mediante una severa educación, en la vida posterior, pero rara vez se cambian (Good Heatlh, enero de 1880). 

Una vez que se ha formado un hábito, se impresiona más y más firmemente en el carácter. El intelecto recibe continuamente su molde por las oportunidades y ventajas mal o bien aprovechadas. Día tras día formamos caracteres que colocan a los estudiantes, como soldados bien disciplinados, bajo el estandarte del príncipe Emanuel, o como rebeldes bajo el estandarte del príncipe de las tinieblas. ¿Cuál será? (Manuscrito 69, 1897).

 El esfuerzo perseverante es necesario. Lo que nos atrevimos a hacer una vez, estamos más inclinados a hacer otra vez. Los hábitos de sobriedad, dominio propio, economía, celosa aplicación, de conversaciones sanas y sensatas, de paciencia y verdadera cortesía, no se ganan sin una diligente y celosa vigilancia del yo. Es mucho más fácil desmolarizarse y depravarse que vencer los defectos, mantener el dominio propio y cultivar las verdaderas virtudes. Se requerirán esfuerzos perseverantes, si se quiere que alguna vez se perfeccionen las gracias cristianas en nuestra vida (Testimonies, tomo 4, pág. 452). 

Los niños corrompidos ponen en peligro a otros. Los padres temerosos de Dios deliberarán y harán planes para decidir la forma de educar a sus hijos dentro de buenos hábitos. Elegirán compañeros para sus hijos, en vez de permitirles que, en su inexperiencia, los elijan por sí mismos 
(Review and Herald, 24-6-1890). 

Los hijos formarán hábitos erróneos, si en su temprana niñez no son paciente y perseverantemente educados en la debida forma. Esos hábitos se desarrollarán en su vida futura y corromperán a otros. Aquellos cuya mente ha recibido un molde indigno, que se ha deteriorado por erróneas influencias del hogar, por prácticas engañosas, llevan consigo sus hábitos erróneos durante toda la vida. Si hacen una profesión de religión, esos hábitos se revelarán en su vida religiosa (Review and Herald. 30-3-1897). 

El rey Saúl es un triste ejemplo. La historia del primer rey de Israel representa un triste ejemplo del poder de los malos hábitos adquiridos durante la primera parte de la vida. En su juventud, Saúl no había amado ni temido a Dios; y su espíritu impetuoso, que no había aprendido a someterse en temprana edad, estaba siempre dispuesto a rebelarse contra la autoridad divina. Los que en su juventud manifiestan una sagrada consideración por la voluntad de Dios y cumplen fielmente los deberes de su cargo, quedarán preparados para los servicios más elevados de la otra vida. Pero los hombres no pueden pervertir durante años las facultades que Dios les ha dado y luego, cuando decidan cambiar de conducta, encontrar estas facultades frescas y libres para seguir un camino opuesto 
(Patriarcas y Profetas, pág. 674).

 Un niño puede recibir sana instrucción religiosa, pero si los padres, los maestros o los tutores permiten que su carácter se tuerza debido a un mal hábito, ese hábito, si no es vencido, se convertirá en un poder predominante, y el niño está perdido 
(Testimonies, tomo 5, pág. 53). 

Las acciones pequeñas son importantes. Todo curso de acción tiene un doble carácter e importancia. Es virtuoso o malo, correcto o erróneo, de acuerdo con el motivo que lo impela. La frecuente repetición de un hábito erróneo deja una impresión permanente en la mente del que lo ejecuta y también en la mente de los que están relacionados con él de alguna manera, ya sea espiritual o temporal. Los padres o maestros que no prestan atención a las pequeñas acciones que no son correctas, establecen esos hábitos en los jóvenes (Review and Herald, 17-5-1898).

 Los padres deben obrar fielmente con las almas que les han sido confiadas. No deben estimular en sus hijos el orgullo, el despilfarro y el amor a la ostentación. No deben enseñarles ni permitir que aprendan pequeñas gracias que parecen vivezas en los niños, pero que después tienen que desaprenderse, y que tendrán que corregirse cuando sean mayores 
(Joyas de los Testimonios, tomo 1, pág. 146).

 Las pequeñas travesuras y los errores pueden parecer divertidos cuando el niño es muy pequeño, y quizá se permitan y fomenten, pero a medida que crece el niño, se hacen repulsivos y ofensivos (Carta 1, 1877). 

Los malos hábitos se forman más fácilmente que los buenos. Todo el conocimiento que puedan adquirir no contrarrestará los malos resultados de una disciplina laxa en la niñez. La frecuente repetición de un descuido forma un hábito. Un acto erróneo prepara el camino para otro. Los malos hábitos se forman más fácilmente que los buenos y se renuncia a ellos con más dificultad (Review and Herald, 5-12-1899).

 Si se los deja a su capricho, los tiernos niños aprenden lo malo más fácilmente que lo bueno. Los malos hábitos se acogen más fácilmente en el corazón natural, y las cosas que se ven y oyen en la infancia y en la niñez se imprimen profundamente en la mente 
(Pacific Health Journal, septiembre de 1897). 

 Los hábitos precoces deciden la futura victoria o derrota. Seremos individualmente, para el tiempo y la eternidad, lo que nos hacen nuestros hábitos. Las vidas de los que desarrollan hábitos correctos y son fieles en la realización de cada deber, serán como luces brillantes que esparcen resplandecientes rayos sobre el sendero de otros: pero si se consiente que hay hábitos de infidelidad, si se permite que se fortalezcan hábitos de relajamiento, indolencia y descuido, una nube más oscura que la medianoche se posará sobre las perspectivas de esta vida y para siempre privará al individuo de la vida futura (Testimonies, tomo 4, pág. 452). 

En la niñez y la juventud es cuando el carácter es más impresionable. Entonces es cuando debe adquirirse la facultad del dominio propio. En el hogar y la familia, se ejercen influencias cuyos resultados son tan duraderos como la eternidad. Más que cualquier dote natural, los hábitos formados en los primeros años deciden si un hombre vencerá o será vencido en la batalla de la vida 
(El Deseado de Todas las Gentes. pág. 75). 

(La Conducción del Niño de E.G. de White)