martes, 5 de junio de 2012

(VII) EL DESARROLLO DE LAS CUALIDADES CRISTIANAS: 30. “Confianza Propia y Honor”


Enseñad a cada niño a confiar en sí mismo.
Hasta donde sea posible, cada niño debería ser educado para que confíe en sí mismo. Al ejercitar sus diferentes aptitudes, aprenderá a ver dónde es fuerte y en qué es deficiente. Un instructor sabio prestará especial atención al desarrollo de los rasgos más débiles para que el niño forme un carácter bien equilibrado y armonioso.
 (Fundamentals of Christian Education, pág. 57).

Demasiado ocio formará niños débiles.
Si los padres mientras viven, ayudaran a sus hijos a ayudarse a sí mismos, sería mejor que si les dejaran una gran suma de dinero al morir. Los hijos a quienes se les permite confiar principalmente en sus propios esfuerzos llegan a ser mejores hombres y mujeres y están mejor capacitados para la vida práctica que los hijos que han dependido de la herencia de sus padres. Los hijos a quienes se enseña a depender de sus propios recursos, generalmente aprecian sus facultades, aprovechan sus privilegios y cultivan y dirigen sus aptitudes para cumplir un propósito en la vida. Frecuentemente desarrollan caracteres en los que predominan el trabajo, la frugalidad y la dignidad moral, características que constituyen el fundamento del éxito en la vida cristiana. Aquellos hijos por quienes los padres hacen más, con frecuencia se sienten menos obligados hacia ellos.
 (Testimonies, tomo 3, págs. 122, 123).

Los obstáculos desarrollan la fortaleza.
Son los obstáculos los que hacen hombres fuertes. No son las ayudas, sino las dificultades, los conflictos, y las contrariedades los que desarrollan la fibra moral de los hombres. Demasiada debilidad y el esquivar la responsabilidad han convertido en debiluchos y  enanos a aquellos que deberían ser hombres responsables de poder moral y poderosa fibra espiritual (Id., pág. 495).
Desde los años más tiernos, es necesario tejer en el carácter principios de rígida integridad para que los jóvenes alcancen la norma más elevada de virilidad y femineidad. Siempre deberían recordar el hecho de que han sido comprados con precio y deberían glorificar a Dios en su cuerpo y espíritu . . . Los jóvenes deberían considerar seriamente cuál debería ser su propósito y obra de la vida, y luego colocar el fundamento de modo que sus hábitos estén libres de toda mancha de corrupción. Si quieren estar en una posición desde la cual influirán sobre otros, deben confiar en sí mismos (Youth's Instructor, 5-1-1893).

Prepárense los niños para enfrentar los problemas con valor.
Después de la disciplina del hogar y de la escuela, todos tienen que hacer frente a la severa disciplina de la vida. La forma de hacerlo sabiamente constituye una lección que debería explicarse a todo niño y joven. Es cierto que Dios nos ama, que obra para nuestra felicidad, y que si siempre se hubiese obedecido su ley, nunca habríamos conocido el sufrimiento; y no menos cierto es que, en este mundo, toda vida tiene que sobrellevar sufrimientos, penas, cargas, como resultado del pecado. Podemos hacer a los niños y jóvenes un bien duradero si les enseñamos a afrontar valerosamente estas penas y cargas. Aunque les debemos prestar simpatía, jamás debería ser de tal suerte que los induzca a compadecerse de sí mismos. Por el contrario, necesitan algo que estimule y fortalezca y no que debilite.
Se les debería enseñar que este mundo no es un campo de desfile, sino de batalla. Todos son llamados a soportar las dificultades como buenos soldados. Enséñeseles que la verdadera prueba del carácter se encuentra en la disposición a llevar cargas, ocupar el puesto difícil, hacer lo que necesita ser hecho, aunque no reporte reconocimiento ni recompensa terrenal (La Educación, págs. 286, 287).

Fortaleced el sentido del honor.
El educador sabio, al tratar con sus alumnos procurará estimular la confianza fortalecer el sentido del honor. La confianza que se tiene en los jóvenes y niños los beneficia. Muchos, hasta entre los pequeños, tienen un elevado sentimiento del honor: todos desean ser tratados con confianza y respeto y tienen derecho a ello. No debería hacérseles sentir que no pueden salir o entrar sin que se los vigile. La sospecha desmoraliza y produce los mismos males que trata de impedir. . . . Haced sentir a los jóvenes que se les tiene confianza y pocos serán los que no traten de mostrarse dignos de tal confianza (Id., pág. 281).

(La Conducción del Niño de E.G. de White)

(VII) EL DESARROLLO DE LAS CUALIDADES CRISTIANAS: 29. “Honradez e Integridad”


La práctica y la enseñanza de la honradez.
Es indispensable que se practique la honradez en todos los detalles de la vida de la madre, y en la educación de los hijos, es importante que se enseñe a las niñitas y a los niñitos, a no mentir o engañar en lo más mínimo (Carta 41, 1888).

La norma que Dios requiere.
Dios quiere que los hombres que están a su servicio, bajo su estandarte, sean estrictamente honrados, de carácter irreprochable, que sus lenguas no pronuncien nada que se parezca a la mentira. La lengua debe ser veraz, los ojos deben ser veraces, las acciones deben ser íntegras como las que Dios puede encomiar. Estamos viviendo ante la presencia de un Dios santo, quien declara solemnemente: "Yo conozco tus obras". El ojo divino nos contempla continuamente. No podemos ocultar un solo acto ofensivo para Dios. Muy pocos comprenden la verdad de que Dios es testigo de cada una de nuestras acciones (Ibid.).
Los que comprendan su dependencia de Dios, sentirán que deben ser honrados con sus semejantes y, sobre todo, deben serlo con Dios, de quien proceden todas las bendiciones de la vida. La evasión del mandamiento positivo dado por Dios concerniente a los diezmos y las ofrendas se registra en los libros del cielo como un robo hecho contra él.
 (Counsels on Stewardship, págs. 77, 78).

Pesos y medidas honrados.
Un hombre honrado, según la medida de Cristo, es el que manifiesta integridad inquebrantable. Las pesas engañosas y las balanzas falsas con que muchos tratan de aumentar sus intereses en el mundo, son abominación a la vista de Dios. . . . La firme integridad resplandece como el oro entre la escoria y la basura del mundo.  Se pueden pasar por alto y ocultar a los ojos de los hombres el engaño, la mentira y la infidelidad, pero no a los ojos de Dios, Los ángeles del Señor, que vigilan el desarrollo de nuestro carácter y pesan nuestro valor moral, registran en los libros del cielo estas transacciones menores que revelan el carácter (Joyas de los Testimonios, tomo 1, págs. 510, 511).

Honrados con el tiempo y el dinero.
Se necesitan hombres cuyo sentido de la justicia, aun en las cuestiones más pequeñas, no les permita utilizar su tiempo en otra forma que no sea exacta y correcta: hombres que comprendan que manejan medios que pertenecen a Dios, y que no se apropiarán injustamente ni de un centavo para su propio uso; hombres que serán tan fieles y exactos, cuidadosos y diligentes, en su trabajo, en ausencia de su empleador tanto como en su presencia, demostrando por su fidelidad que no sólo buscan servir a los hombres, que no trabajan sólo cuando los vigilan, sino que son verdaderos obreros concienzudos, fieles, que obran bien, no para recibir alabanza humana, sino porque aman y eligen el bien porque comprenden correctamente cuál es su obligación con Dios (Testimonies, tomo 3, pág. 25).

Lo que desea que otros piensen que él es.
En cada negocio, un cristiano será justamente lo que desea que sus hermanos piensen que él es. Su conducta está regida por principios fundamentales. No finge, y por lo tanto no tiene nada que ocultar, nada de qué pedir disculpas. Puede ser criticado, puede ser probado, pero su inquebrantable integridad brillará como oro puro. Es una bendición para todos aquellos con quienes se relaciona, porque su palabra es digna de confianza. Es un hombre que no se aprovechará de sus vecinos. Es un amigo y benefactor de todos, y sus semejantes confían en su  consejo. . . . Un hombre verdaderamente honrado nunca se aprovechará de la debilidad y la incompetencia a fin de llenar su propio bolsillo (Carta 3, 1878).

No permitáis una desviación de la más rígida honradez.
En cada transacción comercial sed estrictamente honrados. Aunque os sintáis tentados, no engañéis ni mintáis en lo más mínimo. A veces un impulso natural puede tentar a alejarse del camino recto de la honradez, pero no variéis ni en el grosor de un cabello. Si en algún asunto habéis hecho una declaración acerca de lo que haréis, y después descubrís que habéis favorecido a otro contra vuestros propios intereses, no os alejéis ni un milímetro del principio. Cumplid vuestro convenio. Al tratar de cambiar vuestros planes, demostraríais que no sois dignos de confianza. Y si os desdecís en las pequeñas transacciones, también lo haréis en las de mayor cuantía. En tales circunstancias, algunos se sienten tentados a engañar, diciendo: no me comprendieron. Han hecho decir a mis palabras más de lo que yo quería. La verdad es que en realidad querían decir lo que dijeron pero perdido el buen impulso, quisieron anular su convenio para que no les resultara perjudicial. El Señor quiere que hagamos justicia, que amemos la misericordia, la verdad y la rectitud.
 (Carta 103, 1900).

Mantened principios estrictos.
En todos los detalles de la vida deben mantenerse estrictos principios de honradez. . . . El alejamiento de la perfecta honradez en los negocios puede parecer cosa pequeña a algunos, pero nuestro Salvador no la considera así. Sus palabras son claras y explícitas: "El que es fiel en lo muy poco, también en lo más es fiel". Una persona que engañe con astucia a su vecino en pequeña escala, también hará lo mismo en una mayor escala si se le presenta la tentación de  hacerlo. Una falsedad en algo pequeño constituye una falta de honradez a la vista de Dios, tanto como la falsedad en asuntos de mayor importancia (Carta 3, 1878).
La honradez debería imprimir su sello en cada acción de nuestra vida. Los ángeles celestiales examinan la obra que es puesta en nuestras manos, y cuando ha habido un alejamiento de los principios de la verdad, colocan "falto" en los registros.
 (Counsels on Stewardship. pág. 142).

(La Conducción del Niño de E.G. de White)

(VII) EL DESARROLLO DE LAS CUALIDADES CRISTIANAS: 28. “La Veracidad”


Sean los padres modelos de veracidad.
Los padres y los maestros deben ser veraces delante de Dios. Vuestra vida esté libre de prácticas engañosas. No se halle culpa en vuestros labios. Aunque sea desagradable para vosotros en un momento dado. vuestra conducta, vuestras palabras y vuestras obras manifiesten rectitud ante la vista del Santo Dios. ¡Oh, el efecto de la primera lección de engaño ha sido terrible! ¿Se, entregarán a la práctica del engaño y la mentira los que pretenden ser hijos e hijas de Dios?

No permitáis que vuestros hijos tengan motivo para excusarse diciendo: Mamá no dice la verdad: papá no dice la verdad. Cuando seáis juzgados en las cortes celestiales, ¿se pondrá junto a vuestro nombre que sois engañadores ? ¿Serán pervertidos vuestros hijos por el ejemplo de los que deberían guiarlos por los caminos de la verdad? En vez de esto, ¿no debería penetrar el poder transformador de Dios en el corazón de los padres? ¿No deberá permitirse al Espíritu Santo de Dios que imprima su marca sobre los niños?

No puede esperarse que los niños sean completamente cándidos. Pero existe el peligro de que los padres, por un trato desacertado, destruyan el candor que debería caracterizar a la experiencia infantil. Los padres, por palabra y acción, deberán hacer todo lo posible por conservar la sencillez sin artificios. A medida que los hijos crecen, los padres no deberían proporcionar la menor ocasión para la siembra de esa semilla que se desarrollará hasta convertirse en engaño y falsedad, y que madurará en hábitos de desconfianza (Review and Herald, 13-4-1897).

No mintáis nunca.
Los padres deberían ser modelos de veracidad, porque ésta es la lección diaria que debe imprimirse en el corazón de los niños. Principios inconmovibles deberían dirigir a los padres en todas las ocupaciones de la vida, especialmente en la educación y enseñanza de sus hijos. "Aun el muchacho es conocido por sus hechos, si su conducta fuere limpia y recta" (Good Health, enero de 1880).

Una madre que carece de discernimiento y que no sigue la dirección del Señor, puede educar a sus hijos para ser engañadores e hipócritas. Los rasgos de carácter, estimulados de esta manera, pueden hacerse tan permanentes que mentir será tan natural como respirar. El fingimiento se tomará por sinceridad y realidad.
 (Review and Herald, 13-4-1897).

Padres, no mintáis nunca; nunca digáis lo que no es verdad en precepto o en ejemplo. Si queréis que vuestros hijos sean veraces, sed veraces vosotros mismos. Sed rectos e inconmovibles. No debería permitirse ni una mentira por pequeña que sea. Debido a que las madres están acostumbradas a mentir, los hijos siguen su ejemplo (Manuscrito 126, 1897).

La falsedad es estimulada por las palabras duras.
No os impacientéis con vuestros hijos cuando yerran. Cuando los corrijáis, no les habléis abrupta y duramente. Esto los confunde y les hace temer decir la verdad.
 (Manuscrito 2, 1903).

(La Conducción del Niño de E.G. de White)

(VII) EL DESARROLLO DE LAS CUALIDADES CRISTIANAS: 27. “Alegría y Agradecimiento”


Haya una dulce influencia en el hogar.
Sobre todo, rodeen los padres a sus hijos de una atmósfera de alegría, cortesía y amor. En el hogar donde habita el amor y se expresa en miradas, palabras y actos, los ángeles se complacen en manifestar su presencia. Padres, dejad entrar en vuestros corazones los rayos de sol del amor, de la jovialidad y del feliz contentamiento, y permitid que su dulce y preciosa influencia compenetre vuestro hogar. Manifestad un espíritu bondadoso y tolerante; fomentadlo también en vuestros hijos, cultivando todas las gracias que iluminarán vuestra vida familiar. La atmósfera así creada será para los hijos lo que son el aire y el sol para la vegetación y promoverán la salud y el vigor de la mente y del cuerpo.
(El Ministerio de Curación, pág. 300).

El rostro manifieste alegría.
En la religión de Jesús no hay ninguna cosa sombría. Al paso que hay que evitar cuidadosamente toda liviandad, frivolidad, y chanzas, las cuales el apóstol dice que no son convenientes, hay un dulce descanso y reposo en Jesús que se manifestará en el rostro. Los cristianos no han de estar tristes, deprimidos y desesperados. Han de ser serenos y, sin embargo, deben mostrar al mundo un gozo que únicamente la gracia puede impartir (Review and Herald, 15-4-1884).
Los niños son atraídos por una conducta alegre y animosa. Mostradles bondad y cortesía y ellos manifestarán el mismo espíritu hacia vosotros y entre sí (La Educación, pág. 235).
Educad el alma para manifestar alegría y agradecimiento, y para que exprese gratitud a Dios por el gran amor con el cual nos ha amado. . . . El  gozo del cristiano es la belleza de la santidad (Youth's Instructor, 11-7-1895).

Pronunciad palabras agradables y alegres.
Las palabras agradables y alegres no cuestan más que las palabras desagradables y tristes. ¿Os desagrada que os dirijan palabras duras? Recordad que cuando vosotros habláis esas palabras otros sienten la espina. . . . Padres, llevad a vuestro hogar la piedad práctica. Los ángeles no son atraídos a un hogar donde reina la discordia. Educad a vuestros hijos para que hablen palabras que proporcionarán alegría y gozo (Review and Herald, 31-12-1901).

Estimulad una actitud alegre.
Si hay alguien que debe estar continuamente agradecido, es el cristiano. Si hay alguien que disfruta de felicidad, aun en esta vida, es el fiel seguidor de Jesucristo. Los hijos de Dios tienen el deber de ser alegres. Deberían estimular una actitud feliz. Dios no puede ser glorificado por sus hijos que viven continuamente bajo una nube y que arrojan sombras dondequiera que van. El cristiano debería arrojar luz en vez de sombra. . . . Debe tener un rostro alegre (Id., 28-4-1859).
Los niños aborrecen la sombra de las tinieblas y la tristeza. Su corazón responde a la brillantez, a la alegría y al amor (Consejos sobre la Obra de la Escuela Sabática, pág. 109).

Sonreíd, padres, sonreíd.
Algunos padres, y asimismo algunos maestros, parecen haber olvidado que ellos también fueron niños. Son solemnes, fríos, y no son simpáticos. . . . Sus rostros habitualmente tienen una expresión seria y reprobadora. La alegría o las travesuras infantiles, la inquieta actividad de la vida joven, no encuentran excusa ante sus ojos. Las travesuras insignificantes son tratadas como pecados graves. Esta disciplina no es la de Cristo. Los niños educados en esta forma temen  a sus padres o maestros, pero no los aman; no les confían sus experiencias infantiles. Así se matan algunas de las cualidades más valiosas de la mente y el corazón, como una planta tierna expuesta al viento gélido.
Sonreíd, padres; sonreíd, maestros. Si vuestro corazón está triste, que vuestro rostro no lo manifieste. Que la luz de un corazón amante y agradecido ilumine el rostro. Abandonad vuestra solemnidad de hierro, adaptaos a las necesidades de los niños, y haced que os amen. Debéis ganar su afecto si queréis impresionar sus corazones con la religión (Review and Herald, 21-3-1882).

Una oración adecuada.
Alegrad vuestro trabajo con cantos de alabanza. Si queréis tener un registro limpio en los libros del cielo, nunca os impacientéis ni rezonguéis.

  Vuestra oración diaria sea: "Señor, enséñame a hacer lo mejor. Enséñame cómo trabajar más eficientemente. Dame energía y alegría"...


Poned a Cristo en todo lo que hacéis. Entonces vuestra vida estará llena de alegría y agradecimiento. . . . Hagamos lo mejor posible, avanzando gozosamente en el servicio del Señor, con nuestro corazón lleno de su felicidad (Australasian Union Record, 15-11-1903).

Enseñad a los niños a ser agradecidos.
"Y te alegrarás en todo el bien que Jehová tu Dios te haya dado a ti y a tu casa". Deberían manifestarse agradecimiento y alabanza a Dios por las bendiciones temporales y por todo el bienestar que derrama sobre nosotros. Dios quiere que cada familia que se está preparando para habitar en las mansiones eternas le tribute gloria por los ricos tesoros de su gracia. Si se educara a los niños, en la vida de hogar, para que sean agradecidos al Dador de todas las cosas buenas, veríamos manifestarse en nuestra familia un elemento de gracia celestial; se vería gozo en la  vida doméstica, y los jóvenes que procedieran de esos hogares llevarían consigo un espíritu de respeto y reverencia a la escuela y a la iglesia. Habría concurrencia en el santuario donde Dios se reúne con su pueblo, reverencia en todas las ceremonias de su culto, y gozosa alabanza y agradecimiento por todos los dones de su providencia.

Si actualmente se cumpliera la Palabra de Dios tan estrictamente como en el tiempo del antiguo Israel, los padres y las madres darían a sus hijos un ejemplo que sería del valor más elevado. . . . Cada bendición temporal se recibiría con gratitud, y cada bendición espiritual sería doblemente preciosa porque la percepción de cada miembro de la familia habría sido santificada por la palabra de verdad. El Señor Jesús está muy cerca de los que aprecian sus generosos dones y saben que todas las buenas cosas que tienen proceden del Dios amante que se preocupa por ellos, y lo reconocen como la gran fuente de todo bienestar y consuelo, la fuente inextinguible de la gracia (Manuscrito 67, 1907).

(La Conducción del Niño de E.G. de White)

(VII) EL DESARROLLO DE LAS CUALIDADES CRISTIANAS: 26. “La Cortesía y la Reserva”



La cortesía comienza en el hogar.
Padres, enseñad a vuestros hijos. . . a conducirse en el hogar con verdadera cortesía. Educadlos para que manifiesten bondad y ternura unos con otros. No permitáis que el egoísmo viva en el corazón o encuentre lugar en el hogar (Manuscrito 74, 1900).
Los jóvenes que crecen empleando palabras y actitudes descuidadas y rudas, manifiestan el carácter de la educación recibida en su hogar. Los padres no han comprendido la importancia de su mayordomía; y han cosechado los resultados de la siembra realizada (Manuscrito 117, 1899).

La supremacía de los principios del cielo.
Los principios del cielo han de introducirse en el gobierno del hogar. Debe enseñarse a cada niño a ser atento, compasivo, amante, misericordioso, cortés, tierno de corazón (Manuscrito 110, 1902).
Cuando todos son miembros de la familia real, hay verdadera cortesía en la vida del hogar. Cada miembro de la familia procura agradar a los demás miembros (Manuscrito 60, 1903).

Enseñad por precepto y ejemplo.
Los niños, como también los mayores, están expuestos a las tentaciones; y los miembros maduros de la familia deberían darles, por precepto y ejemplo lecciones de cortesía, alegría, afecto y cumplimiento fiel de sus deberes diarios (Manuscrito 27, 1896).

Respeto por los ancianos.
Dios ha mandado especialmente que se manifieste tierno respeto hacia los ancianos. "Corona de gloria es la cabeza cana -dice-, cuando se halla en el camino de justicia" (Prov. 16: 31). Habla de batallas peleadas, y victorias ganadas; de cargas llevadas y tentaciones resistidas. Habla de pies cansados que se acercan al descanso de puestos que pronto quedarán vacantes. Ayudad a los niños a pensar en esto, y ellos suavizarán el camino de los ancianos mediante su cortesía y respeto, y añadirán gracia y belleza a sus jóvenes vidas si prestan atención al mandato: "Delante de las canas te levantarás, y honrarás el rostro del anciano" (Lev. 19: 32) (La Educación, pág. 239).

Enséñense la modestia y la reserva.
El orgullo, la estimación propia y el atrevimiento son características destacadas de los niños de hoy y son la maldición de nuestra era. . . . Han de enseñarse a los niños, tanto en la casa como en la escuela sabática, las lecciones más sagradas de modestia y humildad (Consejos sobre la Obra de la Escuela Sabática, pág. 50).
¿Os ocuparéis vosotros, a quienes dirijo estas palabras, de la instrucción que se os ha dado? Amonestad a los jóvenes; que no sean atrevidos en la conversación sino modestos y recatados. Que escuchen con prontitud las cosas benéficas para el alma, y que sean lentos en hablar, a menos que sea para exponer a Jesús y para testificar de la verdad. Manifestad humildad mediante un comportamiento modesto (Youth's Instructor, 11-7-1895).

Un guardián de la virtud.
Cultivad la gema preciosa e inapreciable de la modestia. Esta será un guardián de la virtud. . . . Me siento impelida por el Espíritu del Señor a instar a mis hermanas que profesan la piedad a cultivar la modestia en el comportamiento y a ser reservadas. . . . He preguntado: ¿cuándo nuestras hermanas jóvenes actuarán con propiedad? Sé que no habrá un cambio favorable hasta que los padres sientan la importancia de ejercer gran cuidado en la educación correcta de sus hijos. Enseñadles a actuar con reserva y modestia (Testimonies, tomo 2, págs. 458, 459).

Los encantos verdaderos.
Los verdaderos encantos de un niño consisten en la modestia y la obediencia, en oídos atentos para escuchar las palabras de instrucción, en pies y manos voluntarios para andar y trabajar en el camino del deber. Y la verdadera bondad de un niño producirá su propia recompensa, aun en esta vida (Review and Herald, 10-5-1898).

(La Conducción del Niño de E.G. de White)

(VII) EL DESARROLLO DE LAS CUALIDADES CRISTIANAS: 25. “La Sencillez”


Educad en la sencillez natural.
Los niñitos deberían ser educados con sencillez infantil. Debería enseñárseles a conformarse con los deberes sencillos y útiles y los placeres e incidentes naturales a sus años. La niñez corresponde a la hierba de la parábola, y la hierba tiene una belleza peculiar. No se debería forzar en los niños el desarrollo de una madurez precoz, sino que se debería tratar de conservar, tanto tiempo como fuera posible, la frescura y gracia de sus primeros años. Cuanto menos afectada por la excitación artificial y más en armonía con la naturaleza, más favorable será para el vigor físico y mental, y la fuerza espiritual (La Educación, pág. 103). Los padres, mediante su ejemplo, deberían estimular la formación de hábitos de sencillez, y alejar a sus hijos de la vida artificial para conducirlos a la vida natural (Signs of the Times, 2-10-1884).

Los niños no afectados son más atrayentes.
Los niños más atrayentes son naturales y sin afectación. No es prudente dar atención especial a los niños... No debe estimularse su vanidad alabando su aspecto, sus palabras o sus acciones. Tampoco debe vestírseles de una manera costosa o vistosa. Esto estimularía en ellos el orgullo y despertaría la envidia en el corazón de sus compañeros. Enseñad a los niños que el verdadero adorno no es exterior. "El adorno de las cuales no sea exterior con encrespamiento del cabello, y atavío de oro, ni en compostura de ropas; sino el hombre del corazón que está encubierto en incorruptible ornato de espíritu agradable y pacífico, lo cual es de grande estima delante de Dios" (1 Ped. 3: 3, 4) (Consejos para los Maestros, pág. 109).

El secreto del verdadero encanto.
Debería enseñarse a las niñas que el verdadero encanto de la femineidad no se encuentra únicamente en la belleza de formas o rasgos, ni en la posesión de habilidades; sino en el espíritu humilde y tranquilo, en la paciencia la generosidad, la bondad y la disposición para trabajar y sufrir por otros. Deberían ser enseñadas a trabajar, a estudiar con algún propósito, a vivir con un objeto, a confiar en Dios y a temerle, y a respetar a sus padres. Luego, a medida que avancen en edad, desarrollarán una mente más pura, tendrán más confianza propia, y serán más apreciadas. Será imposible degradar a una mujer con estas características. Escapará a las tentaciones y a las pruebas que han sido la ruina para tantas mujeres (Health Reformer, diciembre de 1877).

Semillas de vanidad.
En muchas familias, las semillas de vanidad y egoísmo se siembran en el corazón de los niños casi desde la infancia. Sus dichos y hechos graciosos son comentados y alabados en su presencia, y repetidos a otros con exageración. Los pequeños advierten esto, y se sienten muy importantes; se atreven a interrumpir las conversaciones, y se tornan audaces y descarados. La adulación y la indulgencia estimulan su vanidad y obstinación, hasta que el jovencito con no poca frecuencia gobierna a toda la familia, incluso al padre y a la madre.

Las tendencias formadas por esta clase de enseñanza no pueden dejarse de lado a medida que el niño desarrolla su juicio maduro. Se desarrollan  con su crecimiento, y lo que habría podido parecer habilidad en el niño, se transforma en rasgos reprochables y malos en el hombre o la mujer. Procuran gobernar a sus compañeros, y si alguno rehúsa someterse a sus deseos, se consideran agraviados e insultados. Esto se debe a que en su niñez se los dañó al acceder a todos sus deseos, en vez de enseñárseles la abnegación necesaria para soportar las dificultades y los trabajos de la vida (Testimonies, tomo 4, págs. 200, 201).

No estimuléis el deseo de alabanza.
Los niños necesitan aprecio, simpatía, y estímulo, pero se debería cuidar de no fomentar en ellos el amor a la alabanza. No es prudente prestarles una consideración especial ni repetir delante de ellos sus agudezas y ocurrencias. El padre o maestro que tiene presente el verdadero ideal de carácter y las posibilidades de éxito, no puede fomentar ni estimular el engreimiento. No alentará en los jóvenes el deseo o empeño de exhibir su habilidad o pericia. El que mira más allá de sí, será humilde, y sin embargo, poseerá una dignidad que no se consterna ni desconcierta ante el fausto exterior ni la grandeza humana (La Educación. págs. 232, 233).

Estimulad la sencillez en la alimentación y el vestido.
Estos [los padres] tienen un sagrado deber que cumplir en cuanto a enseñar a sus hijos a ayudar a llevar las cargas del hogar, a conformarse con alimentos sencillos y ropas aseadas y poco costosas (Consejos para los Maestros, pág. 122).

¡Oh, si los padres y las madres comprendieran que son responsables delante de Dios y que él ha de pedirles cuenta! ¡Qué cambio ocurriría en la ciudad! No se echarían a perder los niños mediante alabanzas y mimos, o se envanecerían mediante la complacencia en el vestido (Review and Herald, 13-4-1897).

Enseñad la sencillez y la confianza.
Deberíamos enseñar a nuestros hijos lecciones de sencillez y confianza. Deberíamos enseñarles a amar, a temer y a obedecer a su Creador. En todos los planes y los propósitos de la vida, su gloria debería ocupar un lugar sobresaliente; su amor debería ser la motivación principal de cada acción (Id., 13-6-1882).

Cristo es nuestro ejemplo.
Jesús, nuestro Redentor, anduvo en la tierra con la dignidad de un rey. Sin embargo, era humilde y manso de corazón. Era una luz y una bendición para cada hogar, porque llevaba alegría, esperanza y ánimo. Ojalá que pudiéramos satisfacernos con menos deseos, con menos esfuerzo en procura de cosas difíciles de obtener con el fin de embellecer nuestros hogares, en tanto que no buscamos aquello que Dios avalúa por encima de las joyas: un espíritu humilde y tranquilo. La gracia de la sencillez, la humildad y el verdadero afecto, harían un paraíso del hogar más humilde. Es mejor soportar alegremente cada inconveniente que despojarse de la paz y el contentamiento (Testimonies, tomo 4, pág. 622).

(La Conducción del Niño de E.G. de White)