martes, 5 de junio de 2012

(VII) EL DESARROLLO DE LAS CUALIDADES CRISTIANAS: 27. “Alegría y Agradecimiento”


Haya una dulce influencia en el hogar.
Sobre todo, rodeen los padres a sus hijos de una atmósfera de alegría, cortesía y amor. En el hogar donde habita el amor y se expresa en miradas, palabras y actos, los ángeles se complacen en manifestar su presencia. Padres, dejad entrar en vuestros corazones los rayos de sol del amor, de la jovialidad y del feliz contentamiento, y permitid que su dulce y preciosa influencia compenetre vuestro hogar. Manifestad un espíritu bondadoso y tolerante; fomentadlo también en vuestros hijos, cultivando todas las gracias que iluminarán vuestra vida familiar. La atmósfera así creada será para los hijos lo que son el aire y el sol para la vegetación y promoverán la salud y el vigor de la mente y del cuerpo.
(El Ministerio de Curación, pág. 300).

El rostro manifieste alegría.
En la religión de Jesús no hay ninguna cosa sombría. Al paso que hay que evitar cuidadosamente toda liviandad, frivolidad, y chanzas, las cuales el apóstol dice que no son convenientes, hay un dulce descanso y reposo en Jesús que se manifestará en el rostro. Los cristianos no han de estar tristes, deprimidos y desesperados. Han de ser serenos y, sin embargo, deben mostrar al mundo un gozo que únicamente la gracia puede impartir (Review and Herald, 15-4-1884).
Los niños son atraídos por una conducta alegre y animosa. Mostradles bondad y cortesía y ellos manifestarán el mismo espíritu hacia vosotros y entre sí (La Educación, pág. 235).
Educad el alma para manifestar alegría y agradecimiento, y para que exprese gratitud a Dios por el gran amor con el cual nos ha amado. . . . El  gozo del cristiano es la belleza de la santidad (Youth's Instructor, 11-7-1895).

Pronunciad palabras agradables y alegres.
Las palabras agradables y alegres no cuestan más que las palabras desagradables y tristes. ¿Os desagrada que os dirijan palabras duras? Recordad que cuando vosotros habláis esas palabras otros sienten la espina. . . . Padres, llevad a vuestro hogar la piedad práctica. Los ángeles no son atraídos a un hogar donde reina la discordia. Educad a vuestros hijos para que hablen palabras que proporcionarán alegría y gozo (Review and Herald, 31-12-1901).

Estimulad una actitud alegre.
Si hay alguien que debe estar continuamente agradecido, es el cristiano. Si hay alguien que disfruta de felicidad, aun en esta vida, es el fiel seguidor de Jesucristo. Los hijos de Dios tienen el deber de ser alegres. Deberían estimular una actitud feliz. Dios no puede ser glorificado por sus hijos que viven continuamente bajo una nube y que arrojan sombras dondequiera que van. El cristiano debería arrojar luz en vez de sombra. . . . Debe tener un rostro alegre (Id., 28-4-1859).
Los niños aborrecen la sombra de las tinieblas y la tristeza. Su corazón responde a la brillantez, a la alegría y al amor (Consejos sobre la Obra de la Escuela Sabática, pág. 109).

Sonreíd, padres, sonreíd.
Algunos padres, y asimismo algunos maestros, parecen haber olvidado que ellos también fueron niños. Son solemnes, fríos, y no son simpáticos. . . . Sus rostros habitualmente tienen una expresión seria y reprobadora. La alegría o las travesuras infantiles, la inquieta actividad de la vida joven, no encuentran excusa ante sus ojos. Las travesuras insignificantes son tratadas como pecados graves. Esta disciplina no es la de Cristo. Los niños educados en esta forma temen  a sus padres o maestros, pero no los aman; no les confían sus experiencias infantiles. Así se matan algunas de las cualidades más valiosas de la mente y el corazón, como una planta tierna expuesta al viento gélido.
Sonreíd, padres; sonreíd, maestros. Si vuestro corazón está triste, que vuestro rostro no lo manifieste. Que la luz de un corazón amante y agradecido ilumine el rostro. Abandonad vuestra solemnidad de hierro, adaptaos a las necesidades de los niños, y haced que os amen. Debéis ganar su afecto si queréis impresionar sus corazones con la religión (Review and Herald, 21-3-1882).

Una oración adecuada.
Alegrad vuestro trabajo con cantos de alabanza. Si queréis tener un registro limpio en los libros del cielo, nunca os impacientéis ni rezonguéis.

  Vuestra oración diaria sea: "Señor, enséñame a hacer lo mejor. Enséñame cómo trabajar más eficientemente. Dame energía y alegría"...


Poned a Cristo en todo lo que hacéis. Entonces vuestra vida estará llena de alegría y agradecimiento. . . . Hagamos lo mejor posible, avanzando gozosamente en el servicio del Señor, con nuestro corazón lleno de su felicidad (Australasian Union Record, 15-11-1903).

Enseñad a los niños a ser agradecidos.
"Y te alegrarás en todo el bien que Jehová tu Dios te haya dado a ti y a tu casa". Deberían manifestarse agradecimiento y alabanza a Dios por las bendiciones temporales y por todo el bienestar que derrama sobre nosotros. Dios quiere que cada familia que se está preparando para habitar en las mansiones eternas le tribute gloria por los ricos tesoros de su gracia. Si se educara a los niños, en la vida de hogar, para que sean agradecidos al Dador de todas las cosas buenas, veríamos manifestarse en nuestra familia un elemento de gracia celestial; se vería gozo en la  vida doméstica, y los jóvenes que procedieran de esos hogares llevarían consigo un espíritu de respeto y reverencia a la escuela y a la iglesia. Habría concurrencia en el santuario donde Dios se reúne con su pueblo, reverencia en todas las ceremonias de su culto, y gozosa alabanza y agradecimiento por todos los dones de su providencia.

Si actualmente se cumpliera la Palabra de Dios tan estrictamente como en el tiempo del antiguo Israel, los padres y las madres darían a sus hijos un ejemplo que sería del valor más elevado. . . . Cada bendición temporal se recibiría con gratitud, y cada bendición espiritual sería doblemente preciosa porque la percepción de cada miembro de la familia habría sido santificada por la palabra de verdad. El Señor Jesús está muy cerca de los que aprecian sus generosos dones y saben que todas las buenas cosas que tienen proceden del Dios amante que se preocupa por ellos, y lo reconocen como la gran fuente de todo bienestar y consuelo, la fuente inextinguible de la gracia (Manuscrito 67, 1907).

(La Conducción del Niño de E.G. de White)

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