jueves, 20 de diciembre de 2012

(IX) ELEMENTOS FUNDAMENTALES DE LA EDIFICACIÓN DEL CARÁCTER: 36. “Ventajas de los Primeros Años”


La tierna niñez es el período más importante. No se puede exagerar la importancia de la educación precoz de los niños. Las lecciones que aprende el niño en los primeros siete años de vida tienen más que ver con la formación de su carácter que todo lo que aprende en los años futuros (Manuscrito 2, 1903).

Desde la niñez, ha de moderarse y formarse el carácter del niño de acuerdo con el plan divino. Han de instilarse las virtudes en su mente abierta (Signs of the Times, 25-9-1901). La obra de los padres debe comenzar cuando su hijo está en la infancia, para que pueda recibir las correctas impresiones en su carácter antes de que el mundo coloque su sello sobre la mente y el corazón (Review and Herald, 30-8-1881).

La edad más impresionable. Durante los primeros años de la vida de un niño, su mente es más susceptible a las impresiones buenas o malas. Durante esos años hace progreso decidido en la buena dirección o en la mala. Por un lado, se puede obtener mucha información sin valor; por otro lado, mucho conocimiento sólido y valioso. La fuerza del intelecto, el conocimiento sólido, son posesiones que no puede comprar el oro de Ophir. Su precio supera al  del oro o de la plata (Consejos para los Maestros, pág. 102).

Rara vez se olvidan las primeras impresiones. Las criaturas, niños y jóvenes no debieran oír una palabra impaciente del padre, la madre o cualquier miembro de la familia; porque reciben impresiones muy precoces en la vida y lo que los padres los hacen hoy, ellos serán mañana, y al día siguiente y al siguiente. Rara vez se olvidan las lecciones impresas en la mente del niño. . . . Las impresiones dejadas precozmente en el corazón se ven en los años siguientes. Quizá queden sepultadas, pero rara vez son raídas (Manuscrito 57, 1897).

El fundamento se coloca en los primeros tres años. Madres, estad seguras de que disciplináis debidamente a vuestros hijos durante los primeros tres años de su vida. No les permitáis que formen sus deseos y apetencias. La madre debe ser la mente para su hijo. Los primeros tres años son el tiempo cuando se dobla la diminuta rama. Las madres debieran entender la importancia que existe en ese período. Entonces es cuando se establece el fundamento. Si esas primeras lecciones han sido defectuosas, como sucede a menudo, por amor a Cristo, por amor al bien futuro y eterno de vuestros hijos, procurad reparar el daño que habéis hecho. Si habéis esperado hasta que vuestros hijos tuvieron tres años para comenzar a enseñarles dominio propio y obediencia, procurad hacerlo ahora, aunque será mucho más duro (Manuscrito 64, 1899).

No es tan difícil como se supone generalmente. Mucho de la ansiedad y dolores de los padres podría haberse ahorrado, si se hubiera enseñado a los niños desde su cuna que su voluntad no podía constituirse en ley y se podían complacer continuamente sus caprichos. No es tan difícil, como se supone generalmente,  enseñar a los niñitos que sofoquen sus estallidos de mal genio y sometan sus accesos de pasión (Pacific Health Journal, abril de 1890).

No pospongáis esta obra. Muchos descuidan su deber durante los primeros años de la vida de éstos [de sus hijos], pensando que cuando lleguen a ser mayores tendrán entonces mucho cuidado para reprimir lo malo y educarlos en lo bueno. Pero la época en que deben llevar a cabo esta obra es cuando los niños son tiernos lactantes en sus brazos. No es correcto que, los padres mimen y echen a perder a sus hijos; ni tampoco es correcto que los maltraten. Una conducta firme, decidida y recta producirá los mejores resultados (Joyas de los Testimonios, tomo 1, pág. 513).
Cuando he llamado la atención a los padres por los hábitos erróneos que han fomentado en sus tiernos hijos, algunos padres han manifestado completa indiferencia; otros me han dicho con una sonrisa: "¡Mis queridos hijitos! No puedo soportar la idea de hacerles reproches en ninguna forma. Ya se mejorarán con la edad. Entonces se avergonzarán de sus estallidos de mal genio. No es lo mejor ser demasiado exigente y estricto con los pequeños. Ellos superarán los hábitos de mentir, engañar y ser insolentes y egoístas". Por cierto, ésta es una forma de encarar el asunto muy fácil para las madres, pero no corresponde con la voluntad de Dios (Manuscrito 43, 1900).

Desbaratad los esfuerzos de Satanás para apoderarse de los pequeños. Padres, por regla general, fracasáis en comenzar precozmente vuestra obra. Permitís que Satanás ocupe de antemano el terreno del corazón sembrando las primeras semillas (Review and Herald, 14-4-1885). Tenéis una obra que hacer para que Satanás no se posesione de vuestros hijos y os los arrebate antes  de que hayan salido de vuestros brazos. Madres, debéis ocuparos de que los poderes de las tinieblas no gobiernen a vuestros pequeños. Debéis determinaros para que el enemigo no levante su estandarte de tinieblas en vuestro hogar (Signs of the Times, 22-7-1889).

Preparación también para la vida práctica. No hay sino unos pocos que emplean tiempo para considerar cuidadosamente que cierto conocimiento, tanto de las cosas temporales como eternas, puede ser obtenido por sus hijos durante sus primeros doce o quince años. En los primeros años de la vida, los hijos no sólo debieran obtener conocimiento de los libros, sino que debieran aprender las artes esenciales de la vida práctica; esto último no debiera impedir lo primero (Manuscrito 43, 1900).

La Herencia de Napoleón. El carácter de Napoleón Bonaparte recibió una gran influencia por su educación infantil. Algunos instructores desacertados inspiraron en él el amor a la conquista formando ejércitos simulados de los cuáles él era el comandante. Así se estableció el fundamento de su carrera de lucha y efusión de sangre. Si el mismo cuidado y esfuerzo se hubieran empleado para hacer de él un buen hombre, infundiendo en su joven corazón el espíritu del Evangelio, cuán ampliamente diferente habría sido su historia (Signs of the Times, 11-10-1910).

Hume y Voltaire. * Se dice que el escéptico Hume fue un concienzudo creyente de la Palabra de Dios en sus primeros años. Pertenecía a una  sociedad de debates, y allí se lo nombró para que presentara argumentos a favor de la incredulidad. Estudió con fervor y perseverancia, y su aguda y activa mente quedó impregnada con la sofistería del escepticismo. Antes de mucho, llegó al punto de creer sus enseñanzas engañosas, y toda su vida posterior llevó el oscuro sello de la incredulidad.

Cuando Voltaire tenía cinco años de edad, aprendió de memoria un poema de incredulidad, y su perniciosa influencia nunca se disipó de su mente.

 Llegó a ser uno de los más efectivos agentes de Satanás para apartar a los hombres de Dios. Millares se levantarán en el juicio y culparán al incrédulo Voltaire por la ruina de su alma. Cada joven determina la historia de su vida por los pensamientos y sentimientos acariciados en sus primeros años. Los hábitos correctos, virtuosos y viriles, formados en la juventud, se convertirán en parte del carácter y, por regla general, señalarán el curso del individuo por toda la vida.

Los jóvenes pueden convertirse en depravados o virtuosos a elección propia. Tanto pueden llegar a distinguirse por hechos dignos y nobles como por grandes crímenes y maldad (Ibid.).

La recompensa de Ana. A cada madre se confían oportunidades de valor inestimable e intereses infinitamente preciosos. Durante los tres primeros años de la vida del profeta Samuel, su madre lo enseñó cuidadosamente a distinguir entre el bien y el mal. Usando cada objeto familiar que lo rodeaba, procuró dirigir sus pensamientos hacia el Creador. En cumplimiento de su voto de entregar su hijo al Señor, con gran abnegación lo colocó bajo el cuidado de Elí, el sumo sacerdote, para ser preparado para el servicio en la casa de Dios. . . . Su primera educación lo indujo a mantener su integridad cristiana. ¡Qué recompensa recibió Ana! ¡Y qué estímulo a la  fidelidad es su ejemplo! (Review and Herald, 8-9-1904).

Cómo fue protegida la mente de José. Las lecciones que dio Jacob a José, en su juventud, al expresar su firme confianza en Dios y relatarle vez tras vez las preciosas evidencias de la amante bondad de Dios e incesante cuidado, fueron precisamente las lecciones que necesitó en su destierro entre un pueblo idólatra. Usó prácticamente esas lecciones en tiempo de prueba. Estando en la más difícil prueba, acudió a su Padre celestial en quien había aprendido a confiar. Si los preceptos y ejemplo del padre de José hubieran sido de un carácter opuesto, la pluma de la inspiración nunca hubiera trazado en las páginas de la historia sagrada el relato de integridad y virtud que reluce en el carácter de José. Las primeras impresiones efectuadas en su mente protegieron su corazón en la hora de la tremenda tentación y lo indujeron a exclamar: "¿Cómo, pues, haría yo este grande mal, y pecaría contra Dios?" (Good Health, enero de 1880).

El fruto de una educación sabia. Es un hecho triste que cualquier debilidad e indecisión de parte de la madre son prestamente advertidas por los hijos, y el tentador entonces trabaja en sus mentes induciéndolos a persistir en sus inclinaciones. Si los padres cultivaran las cualidades que es necesario que empleen en la debida preparación de sus hijos, si colocaran claramente delante de ellos las reglas que deben seguir, y no permitieran que se quebrantaran esas reglas, el Señor cooperaría con ellos y bendeciría tanto a padres como a hijos (Manuscrito 133, 1898).

Desde una edad muy tierna, los niños están al alcance de influencias desmoralizadoras, pero los padres que profesan ser cristianos no parecen discernir el mal de su propio proceder. ¡Ojalá comprendieran  que la influencia que se ejerce sobre un niño en sus más tiernos años imprime una tendencia a su carácter y modela su destino para la vida eterna o la muerte eterna! Los niños reciben las impresiones morales y espirituales, y los que son sabiamente educados en la niñez quizá yerren a veces, pero no irán lejos en su descarrío
(Signs of the Times, 16-4-1896).

(La Conducción del Niño de E.G. de White)

(VIII) LA TAREA SUPREMA: EL DESARROLLO DEL CARÁCTER 35. "Cómo Pueden los Padres Edificar Caracteres Firmes"


Conságresele el mejor tiempo y pensamiento.
Los padres reciben al hijo como a un ser desvalido; no sabe nada y ha de enseñársele que ame a Dios, ha de ser criado en la instrucción y admonición del Señor. Ha de ser conformado de acuerdo con el modelo divino. Cuando los padres vean la importancia de la obra de educar a sus hijos, cuando vean que implica intereses eternos, sentirán que deben dedicar su mejor tiempo y pensamiento a esta obra (Signs of the Times, 16-3-1891).

Entiéndanse los principios implicados. Las lecciones aprendidas, los hábitos adquiridos durante los años de la infancia y de la niñez, influyen en la formación del carácter y la dirección de la vida mucho más que todas las instrucciones y que toda la educación de los años subsiguientes. Los padres deben considerar esto. Deben comprender los principios que constituyen la base del cuidado y de la educación de los hijos. Deben ser capaces de criarlos con buena salud física, mental y moral (El Ministerio de Curación, pág. 294).

Rehuid la superficialidad. Vivimos en un siglo cuando casi todo es superficial. No hay sino poca estabilidad y firmeza de carácter debido a que la instrucción y educación de los niños es superficial desde la cuna. Su carácter se construye sobre arena escurridiza. La abnegación y el dominio propio no han modelado sus caracteres. Han sido engreídos y complacidos hasta que se los echó a perder para la vida práctica. El amor del placer rige su mente y los hijos son lisonjeados y se los complace para su ruina (Health Reformer, diciembre de 1872).

Fortalézcanse a los hijos por medio de la oración y la fe. Habéis traído hijos al mundo sin que ellos tuvieran participación en el hecho de existir. Os habéis hecho responsables en gran medida de su felicidad futura, su bienestar eterno. La responsabilidad descansa sobre vosotros, ya sea que lo comprendáis o no, de preparar a esos hijos para Dios: de velar con celoso cuidado la primera aproximación del astuto enemigo y estar preparados para levantar una norma contra él. Edificad una fortaleza de oración y fe en torno de vuestros hijos y ejerced en ella diligente vigilancia. No estáis seguros un momento contra los ataques de Satanás. No tenéis tiempo para descansar de la labor vigilante y ferviente. No debéis dormir un momento en vuestro puesto. Esta es una contienda importantísima. Están implicadas consecuencias eternas. Se trata de vida o muerte para vosotros y vuestra familia (Testimonies, tomo 2, págs. 397, 398).

Tomad una actitud firme y decidida. Los padres confían generalmente demasiado en sus hijos; y sucede con frecuencia que, cuando los padres confían en ellos, estos hijos están sumidos en iniquidad oculta. Padres, velad sobre vuestros hijos con cuidado celoso. Exhortadlos, reprendedlos, aconsejadlos cuando os levantáis y cuando os sentáis; cuando salís y cuando entráis; "mandamiento tras mandamiento, . . . línea sobre línea, un poquito allí, otro poquito allá" (Isa. 28: 10). Subyugad a vuestros hijos cuando son jóvenes. Muchos padres descuidan esto lamentablemente. No asumen una actitud tan firme y decidida como debieran asumirla con respecto a sus hijos (Joyas de los Testimonios, tomo 1, pág. 49).

Sembrad pacientemente la preciosa semilla. "Todo lo que el hombre sembrare, eso también segará". Padres, vuestra obra es ganar la confianza de vuestros  hijos y sembrar con amor la preciosa semilla. Haced vuestra obra con contentamiento, sin quejaros nunca de las penalidades, del cuidado y del esfuerzo. Si mediante esfuerzos pacientes, bondadosos y semejantes a los de Cristo podéis presentar un alma perfecta en Cristo Jesús, vuestra vida no habrá sido en vano. Mantened vuestra propia alma llena de esperanza y paciencia. No se vea el desánimo en vuestros rasgos o actitud. Tenéis en vuestras manos la formación de un ser que, mediante la ayuda de Dios, podrá trabajar en la viña del Maestro y ganará muchas almas para Jesús. Animad siempre a vuestros hijos a que alcancen una elevada norma en todos sus hábitos y tendencias. Sed pacientes con sus imperfecciones, así como Dios es paciente con vosotros en vuestras imperfecciones, soportándoos, velando sobre vosotros, para que podáis dar fruto para su gloria. Animad a vuestros hijos a fin de que se esfuercen en añadir a sus logros las virtudes que les faltan (Manuscrito 136, 1898).

Enseñad sumisión a la ley. Padres y madres, sed razonables. Enseñad a vuestros hijos que deben estar subordinados a la ley (Manuscrito 49, 1901).
No significa misericordia ni bondad el permitir que un niño haga lo que quiera, el someterse a su capricho y descuidar la corrección argumentando que lo amáis demasiado para castigarlo. ¿Qué clase de amor es el que permite que vuestro hijo desarrolle rasgos de carácter que lo harán sufrir a él y a otros? ¡Perezca tal amor! El verdadero amor velará por el bien presente y eterno del alma (Review and Herald, 16-7-1895).

¿Qué derecho tienen los padres de traer hijos al mundo para descuidarlos y dejar que crezcan sin cultura y preparación cristiana?
  Los padres debieran ser responsables. Enseñadles dominio propio; enseñadles  que han de ser dirigidos y no están para dirigir (Manuscrito 9, 1893).

Coordinad lo físico, mental y espiritual. Las facultades físicas, mentales y espirituales debieran desarrollarse de modo que formen un carácter debidamente equilibrado. Los hijos debieran ser vigilados, custodiados y disciplinados a fin de lograr esto con todo éxito (Testimonies, tomo 4, págs. 197, 198).
La constitución física de Jesús, tanto como su desarrollo espiritual se presentan delante de nosotros con estas palabras "El niño crecía" y "crecía . . . en estatura". Durante la niñez y la juventud debiera prestarse atención al desarrollo físico. Los padres debieran educar a sus hijos de tal forma en buenos hábitos de comida y bebida, de vestido y ejercicio, que pueda establecerse un sólido fundamento para la buena salud en los años venideros. El organismo debiera cuidarse de un modo especial a fin de que no se empequeñezcan las facultades físicas, sino que se desarrollen plenamente. Esto coloca a los niños y jóvenes en una posición favorable, de modo que, a semejanza de Cristo y con la debida educación religiosa, puedan crecer fuertes en espíritu (Youth's Instructor, 27-7-1893).

La salud se relaciona con el intelecto y la moral. A fin de despertar la sensibilidad moral de vuestros hijos a las demandas que Dios les hace, debéis imprimir en su mente y corazón la forma de obedecer las leyes de Dios en la estructura física de ellos; pues la salud tiene mucho que ver con su intelecto y su moral. Si gozan de salud y pureza de corazón, están mejor preparados para vivir y ser una bendición para el mundo. Equilibrar su mente en la dirección adecuada y en el momento adecuado es una obra importantísima, pues muchísimo depende de una decisión hecha en el momento crítico. Cuán importante es pues que la mente de los Padres esté libre en todo lo posible de la perplejidad y el cuidado anheloso de cosas innecesarias, para que puedan pensar y actuar con consideración tranquila, sabiduría y amor, haciendo de la salud física y moral de sus hijos el primero y más elevado objetivo (Health Reformer, diciembre de 1872).
Los padres se preguntan por qué sus hijos son mucho más difíciles de encauzar de lo que ellos fueron, cuando en la mayoría de los casos su propia dirección criminal los ha hecho así. La clase de alimento que ponen sobre la mesa y que instan a sus hijos a que coman, continuamente está excitando sus pasiones animales y debilitando las facultades morales e intelectuales (Pacific Health Journal, octubre de 1897).

El alimento puro es esencial para la mente. Educad las facultades y gustos de vuestros seres amados; procurad que su mente esté ocupada de antemano de modo que no haya lugar para pensamientos o complacencias de carácter bajo y degradante. La gracia de Cristo es el único antídoto o preventivo del mal. Si lo queréis, podéis elegir que la mente de vuestros hijos esté ocupada con pensamientos puros y límpidos o con los males que existen por doquiera: orgullo y olvido de su Redentor. La mente, a semejanza del cuerpo, necesita de alimento puro a fin de disfrutar de salud y fortaleza. Dad a vuestros hijos algo para pensar que esté fuera de ellos y por encima de ellos. La mente que vive en una atmósfera pura y santa no llegará a ser trivial, frívola, vana y egoísta (Carta 27, 1890).

Vivimos en un tiempo cuando todo lo que es falso y superficial se exalta por encima de lo real, lo natural y lo duradero. La mente debe estar exenta de todo lo que la lleve en una dirección equivocada. No debiera ser sobrecargada con relatos baladíes  que no añaden fortaleza a las facultades mentales. Los pensamientos serán del mismo carácter del alimento que se proporciona a la mente (Testimonies, tomo 5, pág. 544).

No es suficiente un intelecto brillante. Quizá os complazca el intelecto brillante de vuestro hijo, pero a menos que esté dominado por un corazón santificado, obrará en dirección opuesta a Dios. Solamente la comprensión cabal de las demandas de Dios sobre nosotros nos puede dar la debida estabilidad de carácter, agudeza mental y profundidad de entendimiento esenciales para el éxito, tanto en este mundo como en el venidero (Review and Herald, 23-4-1889).

Tened propósitos elevados en el desarrollo del carácter. Si enseñamos a nuestros hijos que sean laboriosos, se habrá vencido la mitad del peligro, pues la ociosidad acarrea toda suerte de tentaciones al pecado. Eduquemos a nuestros hijos para que sean sencillos en sus maneras sin ser osados, que sean benévolos y abnegados sin ser derrochadores, que sean económicos sin convertirse en avaros. Y por encima de todo, enseñémosles las demandas que Dios tiene sobre ellos, que es su deber practicar la religión en todo aspecto de la vida, que debieran amar a Dios por sobre todas las cosas, y amar a sus prójimos sin descuidar las pequeñas cortesías de la vida que son esenciales para la felicidad (Pacific Health Journal, mayo de 1890).

Orad en procura de sabiduría celestial. Los padres debieran reflexionar y orar fervientemente a Dios en procura de sabiduría y ayuda divinas para educar debidamente a sus hijos a fin de que desarrollen caracteres que aprobará Dios. No debieran preocuparse por la forma de educar a sus hijos para que sean alabados y honrados por el mundo, sino por la forma en que puedan educarlos para formar caracteres bellos que Dios pueda aprobar. Se necesitan mucha oración y mucho estudio en procura de sabiduría celestial para conocer cómo tratar con las mentes juveniles, pues muchísimo depende de la dirección que los padres den a la mente y a la voluntad de sus hijos (Health Reformer, diciembre de 1872).

Debe impartirse dirección moral y espiritual. Los padres deben ser impresionados con su obligación de dar al mundo hijos que tengan caracteres bien desarrollados; hijos que tengan poder moral para resistir a la tentación y cuya vida sea un honor para Dios y una bendición para sus prójimos. Los que entren en la vida activa con principios firmes, estarán preparados para mantenerse límpidos en medio de la corrupción moral de este siglo corrupto (Christian Temperance and Bible Hygiene, pág. 75).

Enseñad a los niños que elijan por sí mismos. Enséñese a los jóvenes y niños a escoger para sí la vestidura real tejida en el telar del cielo, el "lino fino blanco. . . . y puro" (Apoc. 19: 8) que usarán todos los santos de la tierra. Se ofrece gratuitamente a todo ser humano esta vestidura, el carácter inmaculado de Cristo. Pero todos los que la reciban la han de recibir y usar aquí. Enséñese a los niños que, al abrir su mente a los pensamientos de pureza y amor, y ejecutar acciones útiles y amables, se visten con la hermosa vestidura del carácter de Cristo. Este traje los hará hermosos y amados aquí, y más adelante será su título de admisión al palacio del Rey (La Educación, pág. 243).

(La Conducción del Niño de E.G. de White)

domingo, 9 de septiembre de 2012

(VIII) LA TAREA SUPREMA: EL DESARROLLO DEL CARÁCTER 34. “Formas en las que se Arruina el Carácter”


Los padres pueden sembrar la semilla de la ruina.
Los padres que siguen una conducta errónea enseñan a sus hijos lecciones que les resultarán dañosas, y también siembran espinas para sus propios pies.... En gran medida los padres tienen en sus propias manos la felicidad futura de sus hijos. A ellos les incumbe la obra importante de formar el carácter de estos hijos. Las instrucciones que les dieron en la niñez los seguirán durante toda la vida. Los padres siembran la semilla que brotará y dará fruto para bien o mal. Pueden hacer a sus hijos idóneos para la felicidad o para la desgracia (Joyas de los Testimonios, torno 1, págs. 142, 143).
Por la indulgencia o la autoridad férrea.
A menudo se accede a los caprichos de los niños desde que son pequeñitos, y así se fijan hábitos inconvenientes. Los padres han estado torciendo el vástago. Por la dirección que le den a la educación, el carácter se desarrollará deforme, o simétrico y bello. Pero al paso que muchos yerran en lo que respecta a la indulgencia, otros se van al extremo opuesto y gobiernan a sus hijos con vara de hierro. Ninguno de éstos sigue las directivas de la Biblia, sino que están haciendo una terrible obra. Están moldeando las mentes de sus niños y deben rendir cuenta en el día de Dios por la forma en que lo han hecho. La eternidad revelará los resultados de la obra realizada en esta vida (Testim. tomo 4, págs. 368, 369).
Por el fracaso en educar para Dios.
Los padres descuidan una solemne obligación cuando fallan en educar a sus hijos para que guarden el camino del  Señor y hagan lo que él ha ordenado (Manuscrito 12, 1898).
Se ha dejado que algunos [niños] obren a su antojo; otros han sido tomados en falta y desanimados. Pero se les ha manifestado poca afabilidad, poca jovialidad y pocas palabras de aprobación (Manuscrito 34, 1893).
¡Oh, si las madres tan sólo obraran con sabiduría, con serenidad y determinación, para educar y subyugar los caracteres carnales de sus hijos, cuántos pecados no serían cortados en flor, y qué cúmulo de aflicciones no se ahorraría la iglesia! . . . Muchas almas se perderán para siempre debido a la negligencia de los padres para disciplinar correctamente a sus hijos y enseñarles sumisión a la autoridad en su juventud. El pasar por alto las faltas y suavizar los estallidos de violencia no está poniendo el hacha a la raíz del mal, sino que evidencia la ruina de miles de almas. ¡Oh, cómo responderán los padres a Dios por su horrenda negligencia hacia su deber! (Testimonies, tomo 4, págs. 92, 93).

Por la negligencia que juguetea con el pecado.
Los niños necesitan cuidado vigilante y orientación como nunca antes, porque Satanás está esforzándose por obtener el control de sus mentes y corazones y arrojar fuera el Espíritu de Dios. El horrendo estado de la juventud de este tiempo constituye una de las señales más poderosas de que estamos viviendo en los últimos días, pero la ruina de muchos puede ser rastreada directamente hasta la equivocada conducción de sus padres. El espíritu de murmuración contra el reproche ha estado echando raíces y está dando sus frutos de insubordinación. Al paso que los padres no están conformes con el carácter que sus hijos están desarrollando, no atinan a ver los errores que cometen ellos en lo que hacen...
Dios condena la negligencia que coquetea con la transgresión y el pecado, y la insensibilidad tardía para detectar su maligna presencia en las familias de los profesos cristianos 
(Id., págs. 199, 200).
Por la falta de sujeción.
A causa de que [los padres] no restringen y orientan debidamente a sus hijos, miles están desarrollando caracteres deformes, con una moral relajada y con poca preparación en los deberes prácticos de la vida. Se les permite que obren a su arbitrio con sus impulsos, su tiempo y sus facultades mentales. La pérdida que esos talentos descuidados significa para la causa de Dios está a la puerta de los padres y madres; y, ¿qué excusa presentarán al Señor cuyos mayordomos son y a quienes se les ha confiado el sagrado deber de preparar las almas a su cargo para desarrollar todas sus facultades para la gloria de su Creador? (Id., tomo 5, pág. 326). Los padres pensaron que amaban a sus hijos, pero han demostrado por sí mismos que son sus peores enemigos. Han permitido que el mal cundiera sin restricciones. Han permitido que sus hijos acaricien el pecado, que es como acariciar y mimar a una serpiente, que no sólo pica a la víctima que la acaricia, sino a todos los que se relacionan con ella (Fundamentals of Christian Education, págs. 52, 53).

Por pasar por alto errores clamorosos.
En vez de unirse con los que llevan las cargas para elevar las normas de moral y trabajar de corazón y alma en el temor de Dios para corregir los defectos de sus hijos, muchos padres acallan su propia conciencia diciendo: "Mis hijos no son peores que otros". Tratan de ocultar los errores clamorosos que Dios odia para que sus hijos no se ofendan y no emprendan algún curso de acción desesperado. Si el espíritu de rebelión está en su corazón, es mucho mejor dominarlo ahora que permitir que aumente y se fortalezca por la complacencia. Si los padres cumplieran con su deber, veríamos un diferente estado de cosas. Muchos de esos padres han apostatado de Dios. No tienen sabiduría de lo alto para percibir los engaños de Satanás y resistir sus trampas (Testim. tomo 4, págs. 650, 651).
Por mimar y complacer a los hijos.
Con frecuencia los padres miman y complacen a sus hijos menores porque parece más fácil manejarlos en esa forma. Es más suave permitir que hagan lo que les plazca antes que reprimir las inclinaciones levantiscas que surgen muy fuertemente en su pecho. Sin embargo, este proceder es cobardía. Es algo impío eludir así la responsabilidad, pues vendrá el tiempo cuando esos niños cuyas inclinaciones no dominadas se han fortalecido hasta llegar a ser vicios absolutos, traerán reproche y desgracia sobre sí mismos y sobre sus familias. Entran en las ocupaciones de la vida sin estar preparados para sus tentaciones. No son lo suficientemente fuertes para soportar perplejidades y pruebas; apasionados, despóticos, indisciplinados, tratan de que otros se dobleguen a su voluntad, y al fracasar en esto, se consideran a sí mismos maltratados por el mundo y se vuelven contra él (Id., pág. 201).
Por sembrar semillas de vanidad.
Doquiera vayamos, veremos a niños complacidos, mimados y alabados sin discreción. Esto tiende a hacerlos vanos, osados y presumidos. Las semillas de vanidad son sembradas fácilmente en el corazón humano por padres y tutores poco juiciosos, que alaban y consienten a los jóvenes que están bajo su cuidado sin pensar en el futuro. El capricho y el orgullo son males que convirtieron a los ángeles en demonios y les cerraron las puertas del cielo. Y, sin embargo, inconscientemente hay padres que sistemáticamente  preparan a sus hijos para que sean agentes de Satanás (Pacific Health Journal, enero de 1890).

Por hacerse esclavos de los adolescentes.
Cuántos padres agotados por el trabajo y sobrecargados se han convertido en esclavos de sus hijos mientras que, en armonía con su educación y preparación, los hijos viven para complacerse, divertirse y glorificarse a sí mismos. Los padres siembran la semilla en el corazón de sus hijos, y ésta dará una cosecha que no se atreven a recoger. Con esta preparación, a la edad de diez, doce o dieciséis años, los hijos piensan que son muy sabios, se imaginan que son prodigios, y se consideran a sí mismos como demasiado conocedores para estar sometidos a sus padres y demasiado encumbrados para doblegarse a los deberes de la vida de todos los días. El amor al placer rige su mente y el egoísmo, el orgullo y la rebelión producen amargos resultados en su vida. Aceptan las insinuaciones de Satanás y cultivan una ambición malsana para impresionar en el mundo
(Youth's Instructor, 20-7-1893).
Por un amor y simpatía descarriados.
Los padres pueden prodigar su afecto a sus hijos a expensas de la obediencia a la santa ley de Dios. Guiados por ese afecto, desobedecen a Dios permitiendo que sus hijos pongan en práctica impulsos equivocados y retienen la instrucción y disciplina que Dios les ha ordenado darles. Cuando los padres desobedecen así las órdenes de Dios, ponen en peligro su propia alma y las de sus hijos (Review and Herald, 6-4-1897).
La debilidad para demandar obediencia y el falso amor y simpatía, el falso concepto de que es sabio consentir y no reprimir, constituyen un sistema de educación que aflige a los ángeles, pero deleita a Satanás porque atrae a centenares y millares de niños a sus filas. Por eso él ciega los ojos de los padres, nubla sus facultades y confunde su mente. Ven  que sus hijos e hijas no son agradables, simpáticos, obedientes ni cuidadosos; sin embargo [a pesar de esa complacencia paternal], los hijos crecen en el hogar, para envenenar su vida, [de los padres] llenar su corazón de aflicción, y se añaden al número que Satanás usa para atraer almas a la destrucción (Testimonies. tomo 5, pág. 324).
Por no requerir obediencia.
Si hay hijos ingratos que son alimentados y vestidos y se les permite continuar sin ser corregidos, se hacen más osados para proseguir en el camino del mal. Y puesto que sus padres o tutores los miman así y no demandan obediencia, son participantes con ellos en sus hechos impíos. Tales hijos bien podrían estar con los perversos, cuyo inicuo proceder eligen seguir, en vez de quedar en hogares cristianos para envenenar a otros. En este siglo de impiedad, cada cristiano debiera mantenerse firme en la condenación de las malas y satánicas acciones de los hijos extraviados. Los jóvenes malos no deben ser tratados como si fuesen bondadosos y obedientes, sino como disturbadores de la paz y corruptores de sus compañeros (Manuscrito 119, 1901).

Por permitir que los hijos sigan su propia voluntad.
La influencia que prevalece en la sociedad favorece el dejarles seguir [a los jóvenes] la inclinación natural de sus propias mentes (Mensajes para los Jóvenes, pág. 372).
Piensan [los padres] que satisfaciendo los deseos de sus hijos y dejándoles seguir sus inclinaciones, obtendrán su amor. ¡Qué error! Los niños así consentidos se crían sin ver restringidos sus deseos, sin saber dominar sus disposiciones y se vuelven egoístas, exigentes e intolerantes; serán una maldición para sí mismos y para cuantos los rodeen (Joyas de los Testimonios, tomo 1, pág. 143).
Por tolerar actitudes equivocadas.
Las lecciones de la niñez, buenas o malas, no se aprenden en vano. El carácter se desarrolla en la juventud para bien o para mal. En el hogar pueden existir lisonjas y falsa alabanza; en el mundo cada uno se sostiene por sus propios méritos. Los mimados, ante quienes se ha doblegado toda autoridad en el hogar, están allí sometidos diariamente a mortificaciones al verse obligados a someterse a otros. Aun muchos entonces aprenden cuál es su verdadero lugar mediante esas lecciones prácticas de la vida, Mediante reproches, chascos y el lenguaje claro de sus superiores, con frecuencia encuentran su verdadero nivel y al ser humillados comprenden y aceptan su lugar debido. Pero ésta es una prueba severa e innecesaria y podría haber sido evitada con la debida educación en su juventud. La mayoría de esos indisciplinados va por la vida a contrapelo con el mundo, fracasando donde deberían haber tenido éxito. Crecen sintiendo que el mundo les tiene envidia porque no los alaba ni los acaricia, y ellos se vengan teniendo inquina al mundo y despreciándolo. Las circunstancias a veces los obligan a simular una humildad que no sienten, pero esto no les da una gracia natural y su verdadero carácter se manifestará más tarde o más temprano... ¿Por qué educarán los padres a sus hijos de tal manera que estén en guerra con aquellos con quienes se relacionan? (Testimonies, tomo 4, págs. 201, 202).
Por educarlos como demasiado adictos a las normas sociales.
Los hijos no han de ser educados para pertenecer exclusivamente a la sociedad. No han de ser sacrificados a Moloc, sino que deben llegar a ser miembros de la familia del Señor. Los padres deben estar henchidos de la compasión de Cristo para que puedan trabajar por la salvación de las almas que están bajo su influencia. No deben permitir que su mente esté enfrascada en las modas y prácticas del mundo. No han de educar a sus hijos para que asistan a fiestas, conciertos y bailes, que propicien y asistan a festejos, porque éstos son los usos de las gentes (Review and Herald, 13-3-1894).

Por permitir la búsqueda egoísta de la felicidad.
Hay muchos jóvenes que podrían haber sido una bendición para la sociedad y un honor para la causa de Dios, si hubiesen comenzado en la vida con ideas correctas en cuanto a lo que constituye el éxito. Pero en vez de estar dominados por la razón y los principios, fueron educados para entregarse a inclinaciones descarriadas y procuraron únicamente complacerse a sí mismos mediante placeres egoístas, pensando obtener así la felicidad. Pero no lograron su propósito, pues buscar la felicidad en el sendero del egoísmo no traerá sino desgracia. Son inútiles en la sociedad, inútiles en la causa de Dios. Sus perspectivas tanto para este mundo como para el venidero son sumamente desanimadoras, pues por el amor egoísta del placer pierden tanto este mundo como el venidero.
 (Youth's Instructor, 20-7-1893).
Por falta de piedad en el hogar.
En los hogares profesamente cristianos, donde los padres y madres debieran ser estudiantes diligentes de las Escrituras, a fin de que pudieran conocer cada especificación y restricción de la Palabra de Dios, hay un descuido manifiesto de seguir la instrucción de la Palabra y de criar a los hijos en la educación y admonición del Señor. Algunos padres profesamente cristianos no practican la piedad en el hogar. ¿Cómo pueden representar el carácter de Cristo en la vida del hogar los padres y madres que se conforman con alcanzar una norma baja y barata? El sello del Dios viviente únicamente será colocado en los que manifiestan semejanza con el carácter de Cristo (Review and Herald, 21-5-1895).
Si los padres fueran obedientes a Dios.
El Señor no justificará el mal gobierno de los padres. Hoy día centenares de hijos hinchen las filas del enemigo, viviendo y obrando apartados de los propósitos de Dios. Son desobedientes, ingratos, no son santos; pero el pecado yace a la puerta de sus padres. Padres cristianos, millares de hijos perecen en sus pecados debido al fracaso de sus padres en el sabio manejo del hogar. Si los padres fueran obedientes al Jefe invisible de los ejércitos de Israel, cuya gloria estuvo oculta en la columna de nube, la desgraciada condición que ahora existe en tantas familias no se vería (Id., 6-6-1899).

(La Conducción del Niño de E.G. de White)

sábado, 8 de septiembre de 2012

(VIII) LA TAREA SUPREMA: EL DESARROLLO DEL CARÁCTER: 33. "La Responsabilidad de los Padres en la Formación del Carácter"


Una comisión divina dada a los padres.
Dios ha señalado a los padres su obra, la cual consiste en formar los caracteres de sus hijos según el Modelo divino. Por su gracia pueden realizar esta tarea; pero requerirá un esfuerzo paciente y cuidadoso, y además firmeza y decisión, para guiar la voluntad y refrenar las pasiones. Un campo abandonado produce únicamente espinos y cardos. El que quiera obtener una cosecha útil o hermosa, primero debe preparar la tierra y sembrar la semilla, luego cavar alrededor de los jóvenes tallos, removiendo las malezas y ablandando la tierra, y así las preciosas plantas florecerán y pagarán ricamente el cuidado y el trabajo empleados (Signs of the Times, 24-11-1881).
La edificación del carácter es la obra más importante que jamás haya sido confiada a los seres humanos y nunca antes ha sido su estudio diligente tan importante como ahora. Ninguna generación anterior fue llamada a hacer frente a problemas tan importantes; nunca antes se hallaron los jóvenes frente a peligros tan grandes como los que tienen que arrostrar hoy (La Educación, pág. 221).
Esta es vuestra obra, padres: desarrollar los caracteres de vuestros hijos en armonía con los preceptos de la Palabra de Dios. Esta obra debería ocupar el primer lugar, porque implica intereses eternos. La edificación del carácter de vuestros hijos es de más importancia que el cultivo de vuestras granjas, más esencial que la edificación de casas para vivir, o la ocupación en cualquier negocio o industria (Signs of the Times, 10-9-1894).

El hogar es el mejor lugar para la edificación del carácter.
Ni la escuela de iglesia ni el colegio proporcionan, como el hogar, las oportunidades para asentar el carácter de un niño sobre el debido fundamento (C.Maestros, pág. 125).
Enderécense los caracteres torcidos.
Los que no enderezan el carácter torcido de su vida, no pueden tener parte en la vida inmortal futura. Cuán importante es que los jóvenes sigan siempre la rectitud. Los padres desempeñan una parte importante en esto. Sobre ellos reposa la sagrada responsabilidad de enseñar a sus hijos para Dios. A ellos se les ha dado la obra de ayudar a sus pequeños a formar caracteres que les proporcionen entrada en las cortes celestiales (Carta 78, 1901).

Padres, no os equivoquéis en esto.
Padres, por amor de Cristo, no os equivoquéis en vuestra obra más importante, la de modelar los caracteres de vuestros hijos para el tiempo y la eternidad. Un error de vuestra parte al descuidar la fiel instrucción, o al complacer ese afecto imprudente que os ciega para no ver los defectos y que os impide refrenarlos debidamente, resultará en la ruina para ellos. Vuestra conducta puede dar una dirección equivocada a toda su carrera futura. Vosotros determináis para ellos lo que serán y lo que harán por Cristo, por los hombres, y por sus propias almas. Tratad honrada y fielmente con vuestros hijos. Trabajad valerosa y pacientemente. No temáis las cruces, no economicéis tiempo o trabajo, preocupaciones o sufrimientos. El futuro de vuestros hijos testificará del carácter de vuestra obra. La fidelidad a Cristo de vuestra parte puede manifestarse mejor en el carácter simétrico de vuestros hijos que en cualquiera otra forma. Son la propiedad de Cristo, comprada por él con su sangre. Si su influencia está plenamente del lado de Cristo, son  sus colaboradores, ayudando a otros a encontrar el camino de la vida. Si descuidáis la obra que Dios os ha dado, vuestra imprudente conducta en lo que atañe a su disciplina los coloca entre la clase que se aleja de Cristo y fortalece el reino de las tinieblas (Testim. tomo 5, págs. 39, 40).

Una casa limpia, pero niños no educados.
He visto a una madre cuyo ojo crítico podía advertir cualquier imperfección en el enmaderamiento de su casa, y que tenía mucho cuidado de tener su casa cabalmente limpia y ordenada a la hora precisa que había establecido, y que hacía esto frecuentemente a expensas de su salud física y espiritual, mientras les permitía a sus hijos correr en la calle y captar una educación callejera. Esos hijos crecían toscos, egoístas, rudos y desobedientes. La madre, aunque había contratado a una mucama, estaba tan preocupada de los quehaceres domésticos, que no disponía de tiempo para educar debidamente a sus hijos. Los dejaba crecer con caracteres deformados, indisciplinados y no educados. No pudimos menos que pensar que el fino gusto de la madre no se empleaba en la dirección debida. De lo contrario, hubiera visto la necesidad de modelar la mente y los modales de sus hijos y de educarlos para que tuvieran caracteres simétricos y disposiciones agradables.
Si la madre hubiera relegado a un segundo plano aquellas cosas que reclamaban en primer término su atención, hubiera considerado la educación física, mental y moral de sus hijos de una importancia casi infinita. Las que tienen la responsabilidad de madres deberían sentirse bajo la más solemne obligación frente a Dios y sus hijos de educarlos de tal modo que tengan disposiciones amistosas y afectuosas, y que posean principios morales puros, que sean refinados en gusto y de carácter agradable (Signs of the Times, 5-8-1875).

Solamente por el Espíritu de Dios.
¿Consideraremos que somos capaces de preparar nuestra vida y carácter para entrar por los portales de gloria? No podemos hacerlo. A cada momento dependemos del Espíritu de Dios que obra sobre nosotros y nuestros hijos (Manuscrito 12, 1895).
Si los padres quieren ver un estado de cosas diferente en su familia, que se consagren plenamente a Dios y el Señor proporcionará caminos y medios mediante los cuales pueda ocurrir una transformación en sus hogares (Manuscrito 151, 1897).
La parte de Dios y la vuestra.
Padres cristianos, os ruego que despertéis. . . . Si descuidáis vuestro deber y dejáis de lado vuestra responsabilidad, esperando que el Señor haga vuestra obra, quedaréis chasqueados. Cuando habéis realizado fielmente todo lo que podéis hacer, traed a vuestros hijos a Jesús; y entonces, con una fe ferviente y perseverante interceded por ellos. El Señor será vuestro ayudador; él trabajará con vuestros esfuerzos; ganaréis la victoria con su poder. . . . Cuando los padres manifiesten tal interés por sus hijos como Dios desea que tengan, escuchará sus oraciones y trabajará con sus esfuerzos; pero Dios no se propone hacer la obra que ha encomendado a los padres (Review and Herald, 13-9-1881).

El Creador os ayudará.
Madres, recordad que en vuestro trabajo el Creador del universo os ayudará. En su poder, y mediante su nombre, podéis conducir a vuestros hijos hasta que sean vencedores. Enseñadles a volverse a Dios en busca de ayuda. Decidles que él escucha sus oraciones. Enseñadles a vencer el mal con el bien. Enseñadles a ejercer una influencia que es elevadora y ennoblecedora. Conducidlos para que se unan con Dios, y luego tendrán poder para resistir las tentaciones más fuertes. Entonces  recibirán la recompensa del vencedor (Id., 9-7-1901).
Vuestro compasivo Redentor os contempla con amor y simpatía, y está listo para escuchar vuestras oraciones y concederos la ayuda que necesitáis para la obra de vuestra vida. El amor, el gozo, la paz, la paciencia, la suavidad, la fe y la caridad son los elementos que constituyen el carácter cristiano. Estas preciosas gracias son los frutos del Espíritu. Son la corona y el escudo del cristiano (Pacific Health Journal, septiembre de 1890).
Una palabra de ánimo para los que han errado.
Los que han estado enseñando erróneamente a sus hijos, no necesitan desesperarse; conviértanse a Dios y busquen el verdadero espíritu de obediencia, y serán capacitados para realizar reformas cabales. Al conformar vuestras propias costumbres a los principios salvadores de la santa ley de Dios, ejerceréis una influencia sobre vuestros hijos (Signs of the Times, 17-9-1894).

Algunos hijos rehusarán obedecer el consejo de los padres.
Los padres deben hacer todo lo posible por dar a sus hijos todo privilegio e instrucción, posibles, a fin de que entreguen su corazón a Dios. Sin embargo por su conducta impía, los hijos pueden rehusar andar en la luz y perjudicar a sus padres que los aman, y cuyo corazón anhela su salvación.
Es Satanás quien tienta a los hijos a seguir una conducta pecaminosa y desobediente. . . . Si rehúsan andar en la luz, si rehúsan someter su voluntad y, su camino a Dios, y persisten en seguir una conducta pecaminosa por su impenitencia, la luz y los privilegios que han tenido, se levantarán para juzgarlos, porque no anduvieron en la luz, y no supieron a dónde iban. Satanás los está guiando, y el mundo advierte su proceder. La gente dirá: "¡Miren a esos niños! Sus padres son muy religiosos,  pero ellos son peores que mis hijos, y yo no profeso ser cristiano". En esta forma, los niños que reciben una buena instrucción y que no prestan atención, arrojan un baldón sobre sus padres, los deshonran y los avergüenzan ante un mundo impío. También arrojan un baldón sobre la religión de Jesucristo a causa de su conducta impía (Youth's Instructor, 10-8-1893).
Padres, ésta es vuestra obra.
Padres, vuestra obra consiste en desarrollar la paciencia, la constancia y el amor genuino en vuestros hijos. Al tratar correctamente con los hijos que Dios os ha dado, los ayudáis a colocar el fundamento para tener caracteres puros y equilibrados. Estáis poniendo en su mente principios que un día seguirán en sus propias familias. El efecto de vuestros esfuerzos bien dirigidos se verá cuando ellos gobiernen a sus familias conforme a las ordenanzas del Señor (Review and Herald. 6-6-1899).

(La Conducción del Niño de E.G. de White)

(VIII) LA TAREA SUPREMA: EL DESARROLLO DEL CARÁCTER 32. “Cómo se Forma el Carácter”


Se logra mediante el esfuerzo perseverante e incansable.
El carácter no se adquiere por casualidad. No queda determinado por un arranque temperamental, por un paso en la dirección equivocada. Es la repetición del acto lo que lo convierte en hábito y moldea el carácter para el bien o para el mal. Los caracteres rectos pueden formarse únicamente mediante el esfuerzo perseverante e incansable, utilizando para la gloria de Dios cada talento y capacidad que él ha dado. En lugar de hacer esto, muchos se dejan llevar a donde los impulsos o las circunstancias quieren. No se debe esto a que les falte buen material, sino que porque no comprenden que en su juventud Dios quiere que hagan lo mejor posible (Youth's Instructor, 27-7-1899).
Nuestro primer deber con Dios y nuestros semejantes es el desarrollo de nosotros mismos. Cada facultad con la cual nos ha dotado Dios debería cultivarse hasta el grado más alto de perfección, a fin de ser capaces de hacer la mayor cantidad de bien posible. Para purificar y refinar nuestros caracteres, necesitamos la gracia dada por Cristo que nos capacitará para ver y corregir nuestras deficiencias y aprovechar los rasgos excelentes de nuestros caracteres (Pacific Health Journal, abril de 1890).

Cultivemos las facultades dadas por Dios.
En extenso grado, cada uno es arquitecto de su propio carácter. Cada día la estructura se acerca más a su terminación. La Palabra de Dios nos amonesta a prestar atención a cómo edificamos, a cuidar de que nuestro edificio esté fundado en la roca eterna. Se acerca el momento en que nuestra obra quedará revelada tal cual es. Ahora es el momento en que  todos han de cultivar las facultades que Dios les ha dado y formar un carácter que los haga útiles aquí y alcanzar la vida superior más allá. La fe en Cristo como Salvador personal dará fuerza y solidez al carácter. Los que tienen verdadera fe en Cristo, serán serios, recordando que el ojo de Dios los ve, que el Juez de todos los hombres pesa el valor moral, que los seres celestiales observan qué clase de carácter están desarrollando (Consejos para los Maestros, pág. 172).

Es influido por cada acto.
Cada acto de la existencia, por muy insignificante que sea, tiene su influencia en la formación del carácter. Un buen carácter es más precioso que las posesiones mundanales; y la obra de su formación es la más noble a la cual puedan dedicarse los hombres. Los caracteres formados por las circunstancias son variables y discordantes, una masa de sentimientos encontrados. Sus poseedores no tienen un blanco elevado o fin en la vida. No ejercen influencia ennoblecedora sobre el carácter de los demás. Viven sin propósito ni poder (Joyas de los Testimonios, tomo 1, págs. 603, 604).

Se perfecciona al seguir la norma de Dios.
Dios espera que edifiquemos nuestros caracteres de acuerdo con la norma que él nos ha dado. Debemos colocar ladrillo sobre ladrillo, añadiendo gracia sobre gracia, descubriendo nuestros puntos débiles y corrigiéndolos de acuerdo con la dirección dada. Cuando se advierte una resquebrajadura en las murallas de una mansión, sabemos que hay algo malo en el edificio. En la edificación de nuestro carácter a menudo se ven resquebrajaduras. A menos que remediemos estos defectos, la casa caerá cuando la tempestad de la prueba la azote (Youth's Instructor, 25-10-1900).

Dios nos da fortaleza, razonamiento y tiempo, a fin de que edifiquemos caracteres que él pueda aprobar. Quiere que cada uno de sus hijos edifique un carácter noble, realizando obras puras y nobles, para que al final pueda presentar una estructura simétrica, un hermoso templo, honrado por el hombre y Dios. En la edificación de nuestro carácter, debemos construir sobre Cristo. El es nuestro seguro fundamento un fundamento que es inconmovible. La tempestad de la tentación y las pruebas no pueden mover el edificio que está fundado en la Roca Eterna. El que quiera transformarse en un hermoso edificio para el Señor, debe cultivar cada actitud de su ser. Únicamente empleando debidamente los talentos es posible desarrollar armoniosamente el carácter. Así ponemos como fundamento lo que en la Palabra se representa como oro, plata, piedras preciosas: material que resistirá la prueba de los fuegos purificadores de Dios. Cristo es nuestro ejemplo en nuestra edificación del carácter (Id., 16-5-1901).

Hay que resistir la tentación.
La vida de Daniel es una ilustración inspirada de lo que constituye un carácter santificado. Presenta una lección para todos y especialmente los jóvenes. Un estricto cumplimiento de los requerimientos de Dios es beneficioso para la salud del cuerpo y de la mente (La Educación Cristiana, pág. 268).
Los padres de Daniel lo habían educado en su infancia en hábitos de estricta temperancia. Le habían enseñado que debía obedecer las leyes de la naturaleza en todos sus hábitos; que sus hábitos de comer y beber ejercían una influencia directa sobre su naturaleza física, mental y moral, y que era responsable delante de Dios por sus actitudes; porque las poseía como un don de Dios, y por ningún motivo debía empequeñecerlas o invalidarlas. Como  resultado de esta enseñanza, la ley de Dios fue exaltada en su mente y reverenciada en su corazón. Durante los primeros años de su cautiverio, Daniel pasó por una prueba que debía familiarizarlo con la grandeza de la corte, con la hipocresía y el paganismo. ¡En verdad era una extraña escuela para capacitarlo para la vida de sobriedad, trabajo y fidelidad! Y, sin embargo, vivió sin corromperse por la atmósfera de mal con la cual estaba rodeado. Daniel y sus compañeros gozaron precozmente de los beneficios de la correcta educación y enseñanza, pero estas ventajas solas no habrían podido hacer de ellos lo que fueron. Llegó el tiempo cuando debieron obrar por sí mismos, cuando su futuro dependió de su propia conducta. Entonces decidieron ser fieles a las lecciones recibidas en su infancia. El temor de Dios, que es principio de la sabiduría, fue el fundamento de su grandeza. El Espíritu de Dios fortaleció cada propósito genuino, cada noble resolución (Manuscrito 132, 1901).

El blanco debe ser elevado.
Si los jóvenes de la actualidad quieren obrar como obró Daniel, deben poner en acción cada nervio y fibra espirituales. El Señor no quiere que sean siempre novicios. Quiere que alcancen el peldaño más alto de la escalera, para que de allí entren en el reino de Dios (Youth's Instructor, 27-7-1899).
Si los jóvenes aprecian debidamente la importancia de la edificación del carácter, verán la necesidad de hacer su obra de modo que soporte la prueba de la investigación delante de Dios. Los más humildes y débiles, mediante un esfuerzo perseverante en resistir a la tentación y buscar la sabiduría de lo alto, pueden alcanzar cimas que ahora les parecen imposibles. Estas realizaciones no se lograrán sin un propósito definido de ser fieles en el cumplimiento de los pequeños deberes. Se requiere una constante vigilancia para impedir que se fortalezcan los malos rasgos. Los jóvenes pueden tener poder moral, porque Jesús vino al mundo para ser nuestro ejemplo, y dar ayuda divina a todos, tanto jóvenes como adultos (Id., 3-11-1886).

Escúchense el consejo y el reproche.
Los que tienen defectos de carácter, conducta, hábitos y prácticas, deben escuchar los consejos y reproches. Este mundo es el taller de Dios, y cada piedra que pueda utilizarse en el templo celestial debe ser cortada y pulida hasta que se convierta en una piedra probada y preciosa, apta para ocupar su lugar en el edificio del Señor. Pero si rehusamos ser enseñados y disciplinados, seremos como piedras que no serán cortadas y pulidas, y que son desechadas como inútiles (Id., 31-8-1893).
Es posible que sea necesario realizar mucho trabajo en la formación de su carácter, y que Ud. sea una piedra tosca que debe ser cortada en perfecta escuadra y pulida antes que pueda ocupar un lugar en el templo de Dios. No necesita sorprenderse si con martillo y cincel Dios corta las aristas agudas de su carácter, hasta que Ud. esté preparado para ocupar el lugar que él le reserva. Ningún ser humano puede realizar esta obra. Unicamente Dios puede hacerla. Y tenga Ud. la seguridad de que no asestará él un solo golpe inútil. Da cada uno de sus golpes con amor, para su felicidad eterna. Conoce sus flaquezas y obra para curar y no para destruir (Joyas de los Testimonios. tomo 3, pág. 204).

(La Conducción del Niño de E.G. de White)