domingo, 5 de octubre de 2014

(XII) EL DESARROLLO DE LAS FACULTADES MENTALES: 54. “Maestros Y Padres En Sociedad”

La necesidad de una comprensión amigable. Los maestros del hogar y los de la escuela deben saber comprender la obra de cada uno y simpatizar mutuamente. Deben colaborar armoniosamente, imbuidos del mismo espíritu misionero, y esforzarse juntos por beneficiar a los niños física, mental y espiritualmente, a fin de desarrollar en ellos un carácter que resista la prueba de la tentación (Consejos para los Maestros, pág. 121). 

Los padres deben recordar que se logrará mucho más por la obra de la escuela de iglesia si ellos mismos comprenden las ventajas que sus hijos obtendrán de esa escuela, y apoyan de todo corazón al maestro. Por la oración, la paciencia y la tolerancia, los padres pueden deshacer, en gran parte, el daño causado por la impaciencia e indulgencia imprudente. Cooperen en el trabajo los padres y el maestro, recordando los primeros que ellos mismos recibirán ayuda por la presencia en la comunidad de un maestro ferviente, temeroso de Dios (Id., pág. 120).

 La desunión puede anular la buena influencia. Un espíritu de desunión, albergado en el corazón de unos pocos, se transmitirá de por sí a otros y destruirá la buena influencia que podría ejercer la escuela. A menos que los padres estén bien dispuestos y ansiosos de cooperar con el maestro para la salvación de sus hijos, no están preparados para tener establecida una escuela entre ellos (Joyas de los Testimonios, tomo 2, pág. 461). 

La cooperación comienza en el hogar. La cooperación debería empezar entre los padres en la vida doméstica. Comparten la responsabilidad de la educación de los niños y deberían esforzarse constantemente por actuar juntos. Entréguense a Dios y pídanle ayuda para sostenerse mutuamente. Enseñen a sus hijos a ser fieles a Dios, fieles a los principios, y así fieles a sí mismos y a todos aquellos con quienes se relacionan. Con semejante educación, los niños, una vez enviados a la escuela, no serán causa de disturbios o ansiedad. Serán un sostén para sus maestros y un ejemplo y estímulo para sus condiscípulos.
 (La Educación, pág. 275). 

Los hijos llevarán consigo dentro de las aulas la influencia de vuestra enseñanza. Cuando los padres y los maestros piadosos, trabajan en armonía, los corazones de los niños se preparan para tomar un profundo interés en la obra de Dios en la iglesia. Los dones cultivados en el hogar serán llevados a la iglesia y Dios será glorificado (Carta 29, 1902). 

Si los padres están tan absortos en los negocios placeres de esta vida que descuidan la disciplina apropiada de sus hijos, la obra del maestro no solamente se hace muy dura y penosa, sino que a menudo es completamente infructuosa.
 (Review and Herald, 13-6-1882). 

El trabajo del maestro es complementario. En la formación del carácter, ninguna influencia vale tanto como la influencia del hogar. La obra del maestro debería complementar la de los padres, pero no ocupar su lugar. En todo lo que se refiere al bienestar del niño, los padres y maestros deberían esforzarse por cooperar (La Educación, pág. 275). 

La educación dada al niño en el hogar debe ser tal que sea una ayuda para el maestro. En el hogar, debe enseñarse al niño en cuanto a la importancia del aseo, el orden y la escrupulosidad; y esas lecciones deben ser repetidas en la escuela (Manuscrito 45, 1912). 

Cuando el niño tiene bastante edad para ser enviado a la escuela, el maestro debe cooperar con los padres, y la preparación manual ha de continuarse como parte de los estudios escolares. Hay muchos estudiantes que se oponen a esta clase de trabajo en las escuelas. Consideran degradantes el empleo útil, o el aprender un oficio; pero los tales tienen una idea incorrecta de lo que constituye la verdadera dignidad.
 (Consejos para los Maestros, pág. 113).

 El hogar puede ser bendecido a través de la escuela. Si él [el maestro] trabaja paciente, ferviente y perseverantemente, de acuerdo a los métodos de Cristo, la obra de reforma hecha en la escuela, podrá extenderse a los hogares de los niños, introduciendo en ellos, una atmósfera más pura y celestial. Esto es en verdad obra misionera del más alto carácter.
 (Id., pág. 121). 

El maestro atento hallará muchas oportunidades para inducir a sus alumnos a practicar actos de servicio. Los niñitos, especialmente, consideran al Maestro con una confianza y un respeto casi ilimitados. Es difícil que deje de dar fruto cualquier cosa que insinúe en cuanto al modo de ayudar en el hogar, a ser fieles en los quehaceres diarios, a asistir a los enfermos o ayudar a los pobres. Y así se obtendrá nuevamente un doble beneficio. La insinuación bondadosa se reflejará sobre su autor. La gratitud y la cooperación de parte de los padres aligerarán la carga del maestro, e iluminarán su camino.
 (La Educación, págs. 208, 209). 

Los padres pueden aliviar el trabajo del maestro. Si los padres hacen fielmente su parte, la obra del maestro se aligerará grandemente. Su esperanza y valor aumentarán. Los padres cuyo corazón rebose de amor hacia Cristo, evitarán el expresar censuras, y harán cuanto esté en su poder para alentar y ayudar al que han elegido como maestro de sus hijos. Estarán dispuestos a creer que es tan concienzudo en su obra como ellos en la suya (Consejos para los Maestros, pág. 121).

 Cuando los padres comprendan sus responsabilidades, quedará mucho menos que hacer para los maestros (Id., pág. 114). 

Los padres pueden ser consejeros del maestro. Hemos de hablar del amor de Dios en nuestros hogares; hemos de enseñarlo en nuestras escuelas. Los principios de la Palabra de Dios han de inculcarse en la vida del hogar y de la escuela. Si los padres comprendieran plenamente su deber de someterse a la voluntad revelada del Señor, serían sabios consejeros en nuestras escuelas y en asuntos de educación, pues su experiencia en la enseñanza en el hogar les enseñaría la forma de precaver contra las tentaciones que asaltan a niños y a jóvenes. Los maestros y los padres así llegarían a ser colaboradores con Dios en la obra de educar a la juventud para el cielo (Carta 356, 1907). 

Será de gran ayuda para el maestro que se le comunique el conocimiento íntimo que los padres tienen del carácter de los niños y de sus peculiaridades o debilidades físicas. Es de lamentar que sean tantos los que no comprenden esto. La mayoría de los padres se interesan poco en informarse de las cualidades del maestro o en cooperar con él en su trabajo (La Educación, pág. 276). 

Ellos [los padres] deben sentir que es su deber cooperar con el maestro, fomentar la disciplina adecuada y orar mucho por aquel que está enseñando a sus hijos (Fundamentals of Christian Education, pág. 270). 

Los maestros pueden ser consejeros de los padres. Puesto que los padres se familiarizan rara vez con el maestro, es tanto más importante que éste trate de relacionarse con los padres. Debería visitar los hogares de los alumnos y enterarse del ambiente y de las influencias en medio de las cuales viven. Al relacionarse personalmente con sus hogares y vidas, puede fortalecer los lazos que lo unen a sus alumnos y aprender la forma de tratar más eficazmente con sus diferentes temperamentos e inclinaciones. Al interesarse en la educación del hogar, el maestro imparte un doble beneficio. Muchos padres, entregados de lleno al trabajo y a las ocupaciones, pierden de vista sus oportunidades para influir benéficamente en la vida de sus hijos. El maestro puede hacer mucho para despertar en los padres el sentimiento de sus posibilidades y privilegios. Hallará otros para quienes, por la ansiedad que tienen de que sus hijos sean hombres y mujeres buenos y útiles, el sentimiento de su responsabilidad ha llegado a ser una carga pesada. Con frecuencia el maestro puede ayudar a estos padres a llevar su carga y, al tratar juntos los asuntos, tanto el maestro como los padres se sentirán animados y fortalecidos.
 (La Educación, pág. 276). 

La Conducción del Niño de E.G. de White

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