domingo, 5 de octubre de 2014

(XII) EL DESARROLLO DE LAS FACULTADES MENTALES: 55. “La Unidad En La Disciplina”


El maestro necesita tacto para dirigir. Entre los jóvenes existe gran diversidad de caracteres y grados de educación. Algunos han vivido en un ambiente de restricciones y durezas arbitrarias que han provocado en ellos un espíritu de obstinación y rebeldía. Otros han sido mimados en sus hogares, sus padres extremadamente cariñosos les han permitido seguir su propia voluntad. Todos sus defectos han sido tolerados hasta que su carácter se deformó. Para tratar satisfactoriamente con todas esas mentalidades, el maestro necesita ejercer gran tacto y consideración en la dirección, tanto como firmeza en el gobierno. Con frecuencia se manifestará disgusto y aun, desprecio hacia las reglas debidas. Algunos se ingeniarán en todo lo posible para eludir los castigos, al paso que otros manifestarán una temeraria indiferencia a las consecuencias de la transgresión. Todo esto demandará más paciencia y mayor esfuerzo de parte de aquellos a quienes se ha confiado su educación (Testimonies, tomo 5, págs. 88, 89). 

Haya pocas reglas pero sean bien estudiadas. Tanto en la escuela como en el hogar debe haber sabia disciplina. El maestro debe hacer reglas para guiar la conducta de sus alumnos. Estas reglas deben ser pocas y bien estudiadas, y una vez hechas, hay que hacerlas cumplir. Deben presentarse al alumno todos los principios que éstas entrañan para que se convenza de su justicia (Consejos para los Maestros, pág. 118). 

El maestro debe imponer obediencia. Debería entenderse la cuestión de la disciplina tanto en la escuela como en el hogar. Esperaríamos que en el aula nunca hubiera ocasión de usar la vara, pero si en una escuela hay quienes resisten tercamente todos los consejos y súplicas, todas las oraciones y toda la angustia del alma en favor de ellos, entonces es necesario hacerles entender que deben obedecer. Algunos maestros no piensan que es mejor imponer la obediencia. Piensan que su deber es meramente educar. Es cierto, deben educar. ¿Pero cuánto vale la educación de los niños si, cuando desobedecen los principios colocados ante ellos, el maestro no siente que tiene el derecho a ejercer autoridad?
 (Review and Herald, 15-9-1904). 

Necesita la cooperación de los padres. No se debe dejar que el maestro lleve solo la carga de su trabajo. El necesita la simpatía, la bondad, la cooperación y el amor de todo miembro de la iglesia. Los padres deben animarlo demostrando que aprecian sus esfuerzos. Nunca deben decir o hacer algo que estimule la insubordinación en sus hijos. Pero sé que muchos padres no cooperan con el maestro. No fomentan en su casa la buena influencia ejercida en la escuela. En vez de cumplir en el hogar los principios de la obediencia enseñada en el aula, les permiten a sus hijos hacer lo que quieren, e ir sin ninguna restricción aquí y allá. Y si el maestro ejerce su autoridad para exigir obediencia, los niños llevan a sus padres un relato exagerado y distorsionado de la manera en que han sido tratados. El maestro puede haber hecho tan sólo lo que era su penoso deber, pero los padres simpatizan con sus hijos aun cuando han hecho lo malo. Y a menudo los padres que gobiernan con ira son los más irrazonables cuando se refrenan y disciplinan a sus hijos en la escuela.
 (Consejos para los Maestros, págs. 118, 119). 

Cuando los padres justifican las quejas de sus hijos contra la autoridad y disciplina de la escuela, no se dan cuenta de que están aumentando el poder desmoralizador que prevalece en un grado terrible. Todas las influencias que rodean a los jóvenes deben estar en el lado correcto, pues aumenta la depravación juvenil (Testimonies, tomo 5, pág. 112). 

Sostengan a los maestros fieles. Los padres que nunca han sentido la preocupación que debieran por el alma de sus hijos, y que nunca los han reprimido debidamente ni los han educado, son precisamente aquellos que manifiestan la más amarga oposición cuando sus hijos son reprimidos, reprobados o corregidos en la escuela. Algunos de estos niños son una desgracia para la iglesia y una desgracia para el nombre de los adventistas (Id., pág. 51). 

Enseñen [los padres] a sus hijos a ser fieles a Dios, fieles a los principios, y así fieles a sí mismos y a todos aquellos con quienes se relacionan. . . . No es probable que los padres que imparten esta educación, critiquen al maestro. Piensan que tanto el interés de sus hijos como la justicia de la escuela exigen que, en lo que sea posible, apoyen y honren a aquel que comparte su responsabilidad (La Educación, pág. 275). 

Nunca se debe criticar al maestro delante de los niños. Padres, cuando el maestro de la escuela de iglesia procura educar y disciplinar a vuestros hijos a fin de que obtengan la vida eterna, no critiquéis sus acciones en presencia de ellos, aun cuando parezca que es demasiado severo. Si deseáis que den su corazón al Salvador, cooperad con los esfuerzos que hace el maestro para su salvación. Cuánto mejor es que los niños, en vez de oír críticas, oigan de los labios de su madre, palabras de elogio acerca de la obra del maestro. Estas palabras hacen impresiones duraderas, e inducen a los niños a respetarlo.
 (Consejos para los Maestros, pág. 119). 

Si llegan a ser necesarias la crítica o algunas sugestiones en cuanto al trabajo del maestro, deberían indicarse a el en privado. Si esto no da resultado, preséntese el asunto a los responsables de la dirección de la escuela. No se debería decir ni hacer nada que debilite el respeto de los niños hacia aquel de quien depende en tan extenso grado su bienestar (Id., págs. 124, 125). 

Si los padres quisieran ponerse en la situación de los maestros y ver cuán difícil resulta necesariamente manejar y disciplinar una escuela de centenares de alumnos de todos los grados y diversas mentalidades, es posible que, al reflexionar, verían las cosas en forma diferente.
 (Joyas de los Testimonios tomo 1, pág. 538). 

La insubordinación con frecuencia comienza en el hogar. Al permitir que sus hijos hagan lo que les plazca, quizá piensen los padres que son muy cariñosos, pero están practicando el peor tipo de crueldad. Los niños pueden razonar y su alma es dañada por una bondad irreflexiva, aunque a los ojos de los padres les parezca que esa bondad es conveniente. A medida que los niños crecen, su insubordinación crece también. Quizá traten de corregirlos sus maestros, pero con demasiada frecuencia los padres se ponen del lado de los hijos y el mal continúa creciendo, revestido, de ser posible, con una cobertura de engaño todavía más oscura que antes. Otros niños son descarriados por la conducta indebida de esos niños, y sin embargo los padres no pueden ver el mal. Escuchan las palabras de sus hijos antes que las palabras de los maestros que lamentan el mal.
 (Review and Herald, 20-1-1901). 

El trabajo del maestro se duplica debido a la falta de cooperación de los padres. El descuido de los padres en la educación de sus hijos hace que el trabajo del maestro sea doblemente difícil. Los niños llevan el sello de los rasgos indóciles y antipáticos revelados por sus padres. Al ser descuidados en el hogar, consideran la disciplina de la escuela como opresiva y severa. Si no se los vigila cuidadosamente, tales niños leudarán a otros con sus caracteres indisciplinados y deformados. . . . El bien que los niños pueden recibir en la escuela, para contrarrestar su educación defectuosa en el hogar, se menoscaba por la simpatía que sus padres les demuestran en sus faltas. Los padres que creen en la Palabra de Dios, ¿continuarán con su dirección torcida y confirmarán en sus hijos sus malas tendencias? Los padres y madres que profesan la verdad para este tiempo deberían volver en sí y no ser más participantes en este mal, no deberían fomentar más los ardides de Satanás al aceptar el falso testimonio de sus inconversos hijos. Es suficiente que los maestros tengan que contender con la influencia de los hijos, sin tener también [que luchar con] la influencia de los padres (Id., 9-10-1900). 

La Conducción del Niño de E.G. de White

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