domingo, 30 de agosto de 2020
LA MUERTE. ¿Qué dicen las Sagradas Escrituras a este respecto? David declara que el hombre no es consciente en la muerte: "Saldrá su espíritu, tornaráse en su tierra: en aquel día perecerán sus pensamientos." (Sal. 146:4.) Salomón da el mismo testimonio: "Porque los que viven saben que han de morir: mas los muertos nada saben." "También su amor, y su odio y su envidia, feneció ya: ni tiene ya más parte en el siglo, en todo lo que se hace debajo del sol." "Adonde tú vas no hay obra, ni industria, ni ciencia, ni sabiduría." (Eclesiastés 9:5,6,10.) CS 601
martes, 12 de mayo de 2020
03B. UNA ILUSTRACIÓN DE LOS MÉTODOS EDUCATIVOS DE CRISTO. (EL MAESTRO DE LOS MAESTROS). LA EDUCACIÓN (EGW).
"He manifestado
tu nombre a los hombres que del mundo me diste". Juan 17:6.
LA ILUSTRACIÓN más
completa de los métodos de Cristo como maestro, se encuentra en la educación
que él dio a los doce primeros discípulos.
Esos hombres debían llevar pesadas responsabilidades. Los había escogido porque podía infundirles
su Espíritu y prepararlos para impulsar su obra en la tierra una vez que él se
fuera. A ellos más que a nadie les
concedió la ventaja de su compañía. Por medio de su relación personal dejó su
sello en estos colaboradores escogidos.
"La vida fue manifestada -dice Juan, el amado-, y la hemos visto, y testificamos". *1Juan 1:2.
"La vida fue manifestada -dice Juan, el amado-, y la hemos visto, y testificamos". *1Juan 1:2.
Solamente por medio
de una comunión tal -la comunión de la mente con la mente, del corazón con el
corazón, de lo humano con lo divino-, se puede transmitir esa energía
vivificadora, transmisión que constituye la obra de la verdadera educación.
Sólo la vida engendra vida.
En la educación de
sus discípulos, el Salvador siguió el sistema de educación establecido al
principio.
Los primeros doce escogidos, junto con unos pocos que, para atender sus necesidades, estaban de vez en cuando en relación con ellos, formaban la familia de Jesús. Estaban con él en la casa, junto 85 a la mesa, en la intimidad, en el campo. Lo acompañaban en sus viajes, compartían sus pruebas y tareas y, hasta donde podían, participaban de su trabajo.
Los primeros doce escogidos, junto con unos pocos que, para atender sus necesidades, estaban de vez en cuando en relación con ellos, formaban la familia de Jesús. Estaban con él en la casa, junto 85 a la mesa, en la intimidad, en el campo. Lo acompañaban en sus viajes, compartían sus pruebas y tareas y, hasta donde podían, participaban de su trabajo.
A veces les enseñaba
cuando estaban sentados en la ladera de la montaña; a veces, junto al mar, o
desde la barca de un pescador; otras, cuando iban por el camino. Cada vez que hablaba a la multitud, los
discípulos formaban el círculo más cercano a él. Se agolpaban alrededor de él para no perder
nada de su instrucción. Eran oidores
atentos, anhelosos de comprender las verdades que debían enseñar en todos los
países y todos los tiempos.
Los primeros alumnos
de Jesús fueron escogidos de entre el pueblo común. Estos pescadores de Galilea eran hombres
humildes, sin instrucción; no conocían ni la erudición ni las costumbres de los
rabinos, sino la severa disciplina del trabajo rudo. Eran hombres de capacidad innata y de
espíritu dócil, que podían ser instruidos y formados para hacer la obra del
Salvador. En las vocaciones humildes de
la vida hay más de un trabajador que prosigue pacientemente con la rutina de
sus tareas diarias, inconsciente de que hay en él facultades latentes que,
puestas en acción, lo colocarían entre los grandes dirigentes del mundo. Así eran los hombres que el Salvador llamó
para que fueran sus colaboradores. Y
tuvieron la ventaja de gozar de tres años de educación, dirigida por el más
grande Educador que haya tenido el mundo.
Estos primeros
discípulos eran muy diferentes los unos de los otros. Iban a llegar a ser los maestros del mundo, y
se veía en ellos toda clase de caracteres.
Eran Leví-Mateo, el publicano, invitado a abandonar una vida de
actividad comercial al servicio de Roma; Simón, el celote, enemigo inflexible
de la autoridad imperial; el impulsivo, arrogante y afectuoso Pedro; su hermano
Andrés; Judas, de Judea, 86 pulido, capaz, y de espíritu ruin; Felipe y Tomás,
fieles y fervientes, aunque de corazón tardo para creer; Santiago el menor y
Judas, de menos prominencia entre los hermanos, pero hombres fuertes y
definidos tanto en sus faltas como en sus virtudes; Natanael, semejante a un
niño en sinceridad y confianza; y los hijos de Zebedeo, afectuosos y
ambiciosos.
A fin de impulsar con
éxito la obra a la cual habían sido llamados, estos discípulos, que diferían
tanto en sus características naturales, en su educación y en sus hábitos de
vida, necesitaban llegar a la unidad de sentimiento, pensamiento y acción.
Cristo se proponía obtener esta unidad, y con este fin trató de unirlos a él. La preocupación de su trabajo por ellos está
expresada en la oración que dirigió a su Padre: "Para que todos sean uno; como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti,
que también ellos sean uno en nosotros. . . para que el mundo conozca que tú me
enviaste, y que los has amado a ellos como también a mí me has amado". *Juan
17:21-23.
1. EL PODER
TRANSFORMADOR DE CRISTO.
De los doce
discípulos, cuatro iban a desempeñar una parte importante, cada uno en su
esfera. Previendo todo, Cristo les
enseñó para prepararlos. Santiago,
destinado a morir pronto decapitado; Juan, su hermano, que por más tiempo
seguiría a su Maestro en trabajos y persecuciones; Pedro, el primero que
derribaría barreras seculares y enseñaría al mundo pagano; y Judas, que en el
servicio era capaz de sobrepasar a sus hermanos, y sin embargo abrigaba en su
alma propósitos cuyos frutos no vislumbraba.
Tales fueron los objetos de la mayor solicitud de Cristo, y los que
recibieron su instrucción más frecuente y cuidadosa. 87 Pedro, Santiago y Juan
buscaban todas las oportunidades de ponerse en contacto íntimo con el Maestro,
y su deseo les fue otorgado. De los doce, la relación de ellos con el Maestro
fue la más íntima. Juan sólo podía hallar satisfacción en una intimidad aún más
estrecha, y la obtuvo. En ocasión de la
primera entrevista junto al Jordán, cuando Andrés, habiendo oído a Jesús,
corrió a buscar a su hermano, Juan permaneció quieto, extasiado en la
meditación de temas maravillosos. Siguió
al Salvador siempre, como oidor absorto y ansioso. Sin embargo, el carácter de Juan no era
perfecto. No era un entusiasta y
bondadoso soñador. Tanto él como su
hermano recibieron el apodo de "hijos
del trueno". *Mar. 3:17. Juan era orgulloso, ambicioso, combativo;
pero debajo de todo esto el Maestro divino percibió un corazón ardiente,
sincero, afectuoso. Jesús reprendió su
egoísmo, disfrutó sus ambiciones, probó su fe.
Pero le reveló lo que su alma anhelaba: La belleza de la santidad, su
propio amor transformador. "He
manifestado tu nombre -dijo al Padre- a
los hombres que del mundo me diste".*Juan 17:6.
Juan anhelaba amor,
simpatía y compañía. Se acercaba a
Jesús, se sentaba a su lado, se apoyaba en su pecho. Así como una flor bebe del sol y del rocío,
él bebía la luz y la vida divinas. Contempló al Salvador con adoración y amor
hasta que la semejanza a Cristo y la comunión con él llegaron a constituir su
único deseo, y en su carácter se reflejó el carácter del Maestro.
"Mirad -dijo- cuál amor nos ha dado el Padre,
para que seamos llamados hijos de Dios; por esto el mundo no nos conoce, porque
no le conoció a él. Amados, ahora somos
hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos 88
que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal
como él es. Y todo aquel que tiene esta
esperanza en él, se purifica a sí mismo, así como él es puro".*1Juan
3:1-3.
2. DE LA DEBILIDAD A
LA FORTALEZA
La historia de
ninguno de los discípulos ilustra mejor que la de Pedro el método educativo de
Cristo. Temerario, agresivo, confiado en
sí mismo, ágil mentalmente y pronto para actuar y vengarse era, sin embargo,
generoso para perdonar. Pedro se
equivocó a menudo, y a menudo fue reprendido. No fueron menos reconocidas y
elogiadas su lealtad afectuosa y su devoción a Cristo. El Salvador trató a su
impetuoso discípulo con paciencia y amor inteligente, y se esforzó por reprimir
su engreimiento y enseñarle humildad, obediencia y confianza.
Pero la lección fue
aprendida sólo en parte. El engreimiento no fue desarraigado.
A menudo, cuando
sentía su corazón abrumado por un pesar, Jesús trataba de revelar a sus
discípulos las escenas de su prueba y su sufrimiento. Pero sus ojos estaban cerrados. La revelación no era bien recibida y no
veían.
La autocompasión, que lo
impulsaba a evitar la comunión con Cristo en el sufrimiento, motivó la protesta
de Pedro: "Señor, ten compasión de
ti; en ninguna manera esto te acontezca".*Mt. 16:22. Sus palabras
expresaban el pensamiento de los doce. Así siguieron,
jactanciosos y pendencieros, adjudicándose anticipadamente los honores reales,
sin soñar en la cruz, mientras la crisis se iba acercando.
La experiencia de
Pedro fue una lección para todos. Para
la confianza propia, la prueba implica derrota.
Cristo no podía impedir las consecuencias seguras del mal que no había
sido abandonado. Pero así como extendió
la mano para salvar a Pedro cuando 89 las olas estaban por hundirlo, su amor lo
rescató cuando las aguas profundas anegaban, su alma. Repetidas veces, al borde mismo de la ruina,
las palabras jactanciosas de Pedro lo acercaron cada vez más al abismo. Repetidas veces Jesús le advirtió que negaría
que lo conocía. Del corazón apenado y
amante del discípulo brotó la declaración: "Señor,
dispuesto estoy a ir contigo no sólo a la cárcel, sino también a la
muerte"*Luc. 22:33, y Aquel que lee el corazón dio a Pedro el mensaje,
poco apreciado entonces, pero que en las tinieblas que iban a asentarse pronto
sobre él sería un rayo de esperanza: "Simón,
Simón, he aquí Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo; pero yo he
rogado por ti, que tu fe no falte; y tú, una vez vuelto, confirma a tus
hermanos".*Luc. 22:31,32.
Cuando Pedro negó en
la sala del tribunal que lo conocía; cuando su amor y su lealtad, despertados
por la mirada de compasión, amor y pena del Salvador, le hicieron salir al
huerto donde Cristo había llorado y orado; cuando sus lágrimas de remordimiento
cayeron al suelo que había sido humedecido con las gotas de sangre de la agonía
del Señor, las palabras del Salvador: "Pero yo he rogado por ti; . . . y
tú, una vez vuelto confirma a tus hermanos", fueron un sostén para su
alma. Cristo, aunque había previsto su pecado, no lo había abandonado a la
desesperación.
Si la mirada que
Jesús le dirigió hubiera expresado condenación en vez de lástima; si al
predecir el pecado no hubiese hablado de esperanza, ¡cuán densa hubiera sido la
oscuridad que hubiese rodeado a Pedro! ¡Cuán incontenible la desesperación de
esa alma torturada! En esa hora de
angustia y aborrecimiento de sí mismo, ¿qué le hubiera podido impedir que
siguiera el camino de Judas? 90
El que en ese momento
no podía evitar la angustia de su discípulo, no lo dejó librado a la amargura.
Su amor no falla ni abandona.
Su amor no falla ni abandona.
Los seres humanos,
entregados al mal, se sienten inclinados a tratar severamente a los tentados y
a los que yerran. No pueden leer el corazón, no conocen su lucha ni dolor.
Necesitan aprender a reprender con amor, a herir para sanar, a amonestar con
palabras de esperanza.
Cristo, después de su
resurrección, no mencionó a Juan -el que veló junto con el Salvador en la sala
del tribunal, el que estuvo junto a la cruz, y que fue el primero en llegar a
la tumba- sino a Pedro.
"Decid a sus discípulos, y a Pedro -dijo el
ángel- que él va delante de vosotros a Galilea; allí le veréis".*Mar.
16:7.
En ocasión de la
última reunión de Cristo con los discípulos junto al mar, Pedro, probado con la
pregunta repetida tres veces: "¿Me
amas?"*Juan 21:17. recuperó el lugar que ocupaba entre los doce. Se le asignó su obra: Tendría que apacentar
el rebaño del Señor. Luego, como última
instrucción personal, Jesús le dijo:
"¡Sígueme tú!"*Juan 21:22.
Entonces pudo
apreciar esas palabras. Pudo comprender
mejor la lección que Cristo había dado cuando puso a un niñito en medio de los
discípulos y les dijo que se asemejaran a él.
Puesto que conocía más plenamente tanto su propia debilidad como el
poder de Cristo, estaba listo para confiar y obedecer. Con la fuerza del Maestro, podía seguirlo.
Y al fin de su vida
de trabajo y sacrificio, el discípulo que una vez estuvo tan poco preparado
para ver la cruz, consideró un gozo entregar su vida 91 por el Evangelio, con
el único sentimiento de que, para el que había negado al Señor, morir del mismo
modo como murió su Maestro era un honor demasiado grande.
La transformación de
Pedro fue un milagro de la ternura divina. Es una vívida lección para todos los
que tratan de seguir las pisadas del Maestro de los maestros.
3.- UNA LECCIÓN DE
AMOR
Jesús reprendió a sus
discípulos, los amonestó y los previno; pero Juan, Pedro y sus hermanos no lo
abandonaron. A pesar de los reproches, decidieron quedarse con Jesús. Y el Salvador no se apartó de ellos a causa
de sus errores. Él toma a los hombres como son, con todas sus faltas y
debilidades, y los adiestra para su servicio si están dispuestos a ser
disciplinados e instruidos por él.
Pero hubo entre los
doce uno al cual Cristo, casi hasta el fin de su obra, no le dirigió ningún
reproche definido.
Con Judas se
introdujo entre los discípulos un espíritu de contienda. Al asociarse con Jesús, había respondido a la
atracción de su carácter y su vida.
Había deseado sinceramente que se operara en él un cambio, y había
tenido la esperanza de experimentarlo por medio de la unión con Jesús. Pero este deseo no prevaleció. Lo dominaba la esperanza del beneficio
egoísta que alcanzaría en el reino mundano que él esperaba que Cristo iba a
fundar.
Aunque reconocía el
poder divino del amor de Cristo, Judas no se entregó a su supremacía. Siguió alentando su criterio y sus propias opiniones,
su tendencia a criticar y condenar. Los
motivos y las acciones de Cristo, que a menudo estaban muy por encima de su
comprensión, estimulaban su duda y su desaprobación, y compartía sus ambiciones
y dudas 92 con los discípulos. Muchas de
las disputas provocadas por el afán de supremacía, gran parte del descontento
manifestado hacia los métodos de Cristo, tenían su origen en Judas.
Jesús, al comprender
que la oposición sólo lo endurecería, se abstuvo de provocar un conflicto
directo. Trató de curar su estrecho
egoísmo por medio del contacto con su propio amor abnegado. En su enseñanza desarrolló principios que
tendían a desarraigar las ambiciones egoístas del discípulo. Así le dio una lección tras otra, y más de
una vez Judas se dio cuenta de que se había descrito su carácter y se había
señalado su pecado; pero no quiso ceder.
4. LA CAÍDA DE JUDAS
Al resistir a las
súplicas de la gracia, el impulso del mal triunfó finalmente. Judas, enojado
por una velada reprensión, y desesperado al ver desmoronarse sus sueños
ambiciosos, entregó su alma al demonio de la avaricia y decidió traicionar a su
Maestro. Salió del aposento donde se
celebró la Pascua, del gozo de la presencia de Cristo y de la luz de la
esperanza inmortal, a hacer su obra perversa, a las tinieblas exteriores, donde
no había esperanza.
"Porque Jesús sabía desde el principio quienes
eran los que no creían, y quién le había de entregar". *Juan 6:64. Sin embargo, sabiéndolo todo, no había negado
ningún pedido de gracia ni don de amor.
Al ver el peligro de
Judas, lo había acercado a sí mismo, y lo había introducido en el círculo
íntimo de sus discípulos escogidos y de confianza. Día tras día, cuando la carga que oprimía su
corazón resultaba más pesada, había soportado el dolor que le producía el
permanente contacto con esa personalidad terca, suspicaz, sombría; había
vigilado y trabajado para contrarrestar entre sus discípulos ese antagonismo 93
constante, secreto y sutil.
¡Y todo eso para que no faltara ninguna influencia salvadora a esa alma en peligro!
¡Y todo eso para que no faltara ninguna influencia salvadora a esa alma en peligro!
"Las muchas aguas no podrán apagar el amor,
Ni lo ahogarán los ríos". "Porque fuerte es como la muerte el amor".*Cant. 8:7,6.
Ni lo ahogarán los ríos". "Porque fuerte es como la muerte el amor".*Cant. 8:7,6.
Con respecto a Judas,
la obra de amor de Cristo fue inútil. No ocurrió lo mismo con sus
condiscípulos. Para ellos fue una lección cuya influencia duró toda la vida. Su
ejemplo de ternura y paciencia siempre modeló su trato con los tentados y
descarriados. Hubo además, otras
lecciones. Cuando los doce fueron
ordenados, los discípulos deseaban ardientemente que Judas formara parte del
grupo, y habían considerado su llegada como un suceso promisorio para el grupo
apostólico. Había estado en contacto con
el mundo más que ellos; era un hombre de buenos modales, perspicaz, de
habilidad administrativa y, como él mismo tenía un elevado concepto de sus
propias cualidades, había inducido a los discípulos a que tuvieran la misma
opinión acerca de él. Pero los métodos
que deseaba introducir en la obra de Cristo se basaban en principios mundanos,
y estaban de acuerdo con el proceder del mundo. Su fin era alcanzar honores y
reconocimientos mundanos, y el reino de este mundo. La manifestación de esas
ambiciones en la vida de Judas ayudó a los discípulos a establecer el contraste
que existe entre el principio del engrandecimiento propio y el de la humildad y
la abnegación de Cristo, es decir, el principio del reino espiritual. En el
destino de Judas vieron el fin a que conduce el servicio de sí mismo.
Finalmente, la misión
de Cristo cumplió su propósito con estos discípulos. Poco a poco su ejemplo 94 y sus lecciones de
abnegación amoldaron sus caracteres. Su
muerte destruyó su esperanza de grandeza mundana. La caída de Pedro, la apostasía de Judas, su
propio fracaso al abandonar a Cristo cuando estaba en angustia y peligro,
hicieron desaparecer su confianza propia. Vieron su debilidad; vieron algo de
la grandeza de la obra que les había sido encomendada; sintieron la necesidad
de que el Maestro guiara cada uno de sus pasos.
Sabían que ya no
estaría con ellos su presencia personal, y reconocieron, como nunca antes, el
valor de las oportunidades que habían tenido al andar y hablar con el Enviado
de Dios. No habían apreciado ni
comprendido muchas de sus lecciones en el momento cuando se las había dado;
anhelaban recordarlas, volver a oír sus palabras. Con qué gozo recordaban la promesa:
"Os conviene que yo me vaya; porque si no me
fuere, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo
enviaré". "Todas las cosas que
oí de mi Padre, os las he dado a conocer".
Y "el Consolador. . . a quien el Padre enviará en mi nombre, él os
enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que yo os he dicho". *Juan
16:7; 15:15; 14:26
"Todo lo que tiene el Padre es mío". "Pero cuando venga el Espíritu de
verdad, él os guiará a toda la verdad. porque tomará de lo mío, y os lo hará
saber".*Juan 16:15,13,14.
Los discípulos habían
visto ascender a Cristo cuando estaba entre ellos en el Monte de los
Olivos. Y mientras el cielo lo recibía,
recordaron la promesa que les había hecho al partir:
"Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días,
hasta el fin del mundo". *Mt. 28:20. 95
"Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días,
hasta el fin del mundo". *Mt. 28:20. 95
Sabían que los
acompañaba aún su simpatía. Sabían que tenían un Representante, un Abogado,
ante el trono de Dios. Presentaban sus peticiones en el nombre de Jesús,
repitiendo la promesa: "Todo cuanto
pidiereis al Padre en mi nombre, os lo dará". *Juan 16:23.
Levantaban cada vez
más en alto la mano de la fe, con este poderoso argumento:
"Cristo es el que murió; más aún, el que también
resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por
nosotros". *Rom. 8:34.
Fiel a su promesa, el
Ser divino, exaltado en las cortes celestiales, impartió algo de su plenitud a
sus seguidores de la tierra. Su
entronización a la diestra de Dios fue señalada por el derramamiento del
Espíritu sobre sus discípulos. Gracias a la obra de
Cristo, los discípulos sintieron su necesidad del Espíritu; debido a la
enseñanza del Espíritu, recibieron su preparación final y salieron a hacer la
obra de sus vidas.
Dejaron de ser
ignorantes e incultos. Dejaron de ser un
conjunto de unidades independientes o de elementos discordantes y
antagónicos. Dejaron de poner sus
esperanzas en las grandezas mundanas.
Eran "unánimes", "de un mismo corazón y una misma
alma". Cristo ocupaba sus pensamientos. El progreso de su reino era la meta que
tenían. Tanto en mente como en carácter
se habían asemejado a su Maestro, y los hombres "reconocían que habían estado con Jesús."*Hechos 4:13.
Hubo entonces una
revelación de la gloria de Cristo tal como nunca antes había sido vista por el
hombre. Multitudes que habían denigrado
su nombre y despreciado su poder, confesaron entonces que eran discípulos del
Crucificado. Gracias a la cooperación
del Espíritu divino, las labores de los hombres humildes 96 a quienes Cristo
había escogido conmovieron al mundo. En
una generación el Evangelio llegó a toda nación que existía bajo el cielo.
Cristo ha encargado
al mismo Espíritu que envió en su lugar como Instructor de sus colaboradores,
para que sea el Instructor de sus colaboradores de la actualidad.
"Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo"*Mt. 28:20, es su promesa.
"Y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo"*Mt. 28:20, es su promesa.
La presencia del
mismo Guía en la obra educativa de nuestros días producirá los mismos
resultados que en la antigüedad.
A este fin tiende la verdadera educación; ésta es la obra que Dios quiere que se lleve a cabo. 97
A este fin tiende la verdadera educación; ésta es la obra que Dios quiere que se lleve a cabo. 97
sábado, 8 de febrero de 2020
domingo, 22 de diciembre de 2019
miércoles, 13 de noviembre de 2019
03A. EL MAESTRO ENVIADO POR DIOS. (EL MAESTRO DE LOS MAESTROS). LA EDUCACIÓN (EGW).
"¡Jamás hombre alguno ha hablado como este
hombre!" Juan 7:46.
A.- EL MAESTRO ENVIADO POR DIOS.
"Considerad a Aquel".
"Y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz"*Isa. 9:6.
En el Maestro enviado por Dios, el cielo dio a los hombres lo mejor y lo más grande que tenía. Aquel que había estado en los consejos del Altísimo, que había morado en el más íntimo santuario del Eterno, fue escogido para revelar personalmente a la humanidad el conocimiento de Dios.
Por medio de Cristo había sido transmitido cada rayo de luz divina que había llegado a nuestro mundo caído. Él había sido quien habló por medio de todo aquel que en el transcurso de los siglos declaró la palabra de Dios al hombre. Todas las excelencias manifestadas en las almas más nobles y grandes de la tierra, eran reflejos suyos. La pureza y la bondad de José, la fe, la mansedumbre y la tolerancia de Moisés, la firmeza de Eliseo, la noble integridad y la firmeza de Daniel, el ardor y la abnegación de Pablo, el poder mental y espiritual manifestado en todos estos hombres, y en todos los demás que alguna vez vivieron en la tierra, no eran más que destellos del esplendor de su gloria. En él se hallaba el ideal perfecto.
Cristo vino al mundo para revelar este ideal como el único y verdadero blanco de nuestros esfuerzos; para mostrar lo que todo ser humano debiera ser; lo que llegarían a ser por medio de la morada de la 74 divinidad en la humanidad todos los que lo recibieran. Vino a mostrar de qué manera deben ser educados los hombres como conviene a hijos de Dios; cómo deben practicar en la tierra los principios, y vivir la vida del cielo.
El mayor don de Dios fue otorgado para responder a la mayor necesidad del hombre. La luz apareció cuando la oscuridad del mundo era más intensa. Hacía mucho que, a causa de las enseñanzas falsas, las mentes de los hombres habían sido apartadas de Dios. En los sistemas predominantes de educación, la filosofía humana había sustituido a la revelación divina. En vez de la norma de verdad dada por el cielo, los hombres habían aceptado una norma de su propia invención. Se habían apartado de la Luz de la vida, para andar a la luz del fuego que ellos mismos habían encendido.
Habiéndose separado de Dios, y siendo su única confianza el poder humano, su fuerza no era otra cosa sino debilidad. Ni siquiera eran capaces de alcanzar la norma establecida por ellos mismos. La falta de verdadera excelencia era suplida por la apariencia y la mera profesión de fe. La apariencia reemplazaba a la realidad.
De vez en cuando se levantaban maestros que dirigían la atención de los hombres a la Fuente de la verdad. Se enunciaban principios rectos y había vidas humanas que daban testimonio de su poder. Pero estos esfuerzos no hacían impresión duradera. Se producía una breve represión de la corriente del mal, pero no se detenía su curso descendente. Los reformadores eran como luces que brillaban en la oscuridad, pero no la podían disipar. El mundo amaba "más las tinieblas que la luz". *Juan 3:19.
Cuando Cristo vino a la tierra, la humanidad parecía muy próxima a llegar a su más bajo nivel. El mismo cimiento de la sociedad estaba minado. La 75 vida había llegado a ser falsa y artificial. Los judíos, destituidos del poder de la Palabra de Dios, daban al mundo tradiciones y especulaciones que adormecían la mente y el alma. El culto de Dios "en espíritu y en verdad" había sido suplantado por la glorificación del hombre en una ronda interminable de ceremonias creadas por éste. En el mundo, todos los sistemas religiosos perdían su influencia sobre la mente y el alma. Hartos de fábulas y mentiras, y deseosos de ahogar su pensamiento, los hombres se volvieron hacia la incredulidad y el materialismo. Al excluir de sus cálculos la eternidad, vivían para el presente.
A medida que dejaban de reconocer al Ser divino, dejaban de tener consideración por el ser humano. La verdad, el honor, la integridad, la confianza, la compasión, iban abandonando la tierra. La avaricia implacable y la ambición absorbente creaban una desconfianza universal. La idea del deber, de las obligaciones de la fuerza hacia la debilidad, de la dignidad y los derechos humanos, era desechada como sueño o fábula. Al pueblo común se lo consideraba como bestias de carga, como instrumentos o escalones para lograr lo que se ambicionaba. Se buscaban como el mayor bien la riqueza, el poder, la comodidad y los placeres. La degeneración física, el sopor mental y la muerte espiritual eran las características de la época.
A medida que las pasiones y los propósitos malos de los hombres eliminaban a Dios de sus pensamientos, ese olvido los inclinaba cada vez con más fuerza al mal. El corazón que amaba el pecado vestía con sus atributos a Dios, y este concepto fortalecía el poder del pecado. Resueltos a complacerse a sí mismos, los hombres llegaron a considerar a Dios como semejante a ellos, es decir, como un Ser cuya meta era la glorificación del yo, cuyas exigencias respondían a su propio placer; un Ser que elevaba o 76 abatía a los hombres según éstos contribuyeran a la realización de su propósito egoísta, o lo obstruyesen.
Las clases más bajas consideraban que el Ser supremo difería poco de sus opresores, a excepción de que los sobrepujaba en poder. Estas ideas le daban su molde a toda manifestación religiosa. Cada una de ellas era un sistema de extorsión. Los adoradores trataban de congraciarse con la Deidad por medio de ofrendas y ceremonias, con el fin de asegurarse su favor para el logro de sus propios fines.
Una religión que no ejercía poder sobre el corazón ni la conciencia, se reducía a una serie de ceremonias, de las cuales el hombre se cansaba y deseaba liberarse, a no ser por las ventajas que podía ofrecer.
De ese modo el mal, al no ser refrenado, aumentaba, mientras disminuían el aprecio del bien y el deseo de practicarlo. Los hombres perdieron la imagen de Dios y recibieron el sello del poder demoníaco que los dominaba. Todo el mundo se iba convirtiendo en un sumidero de corrupción.
Sólo había una esperanza para la especie humana, y ésta era que se pusiera nueva levadura en esa masa de elementos discordantes y corruptos; que se introdujese en la humanidad el poder de una vida nueva; que se restaurase en el mundo el conocimiento de Dios.
Cristo vino para restaurar ese conocimiento. Vino para poner a un lado la enseñanza falsa mediante la cual los que decían conocer a Dios lo habían desfigurado. Vino a manifestar la naturaleza de su ley, a revelar en su carácter la belleza de la santidad.
Cristo vino al mundo con el amor acumulado de toda la eternidad. Al eliminar las exigencias que hacían gravosa la ley de Dios, demostró que es una ley de amor, una expresión de la bondad divina. Demostró que la obediencia a sus principios entraña la felicidad de la humanidad, y con ella la estabilidad, el mismo cimiento y la estructura de la sociedad. 77
Lejos de contener requisitos arbitrarios, la ley de Dios se da a los hombres como cerco o escudo. El que acepta sus principios es preservado del mal. La fidelidad a Dios entraña fidelidad al hombre. De ese modo la ley protege los derechos y la individualidad de cada ser humano. Prohíbe al superior oprimir, y al subalterno desobedecer. Asegura el bienestar del hombre, tanto para este mundo como para el venidero. Para el obediente es la garantía de la vida eterna, porque expresa los principios que permanecen para siempre.
Cristo vino a demostrar el valor de los principios divinos por medio de la revelación de su poder para regenerar a la especie humana. Vino a enseñar cómo se deben desarrollar y aplicar esos principios.
Para el pueblo de esa época, el valor de todas las cosas lo determinaba la apariencia exterior. Al perder su poder, la religión había aumentado su pompa. Los educadores de la época trataban de imponer respeto por medio de la ostentación y el fausto.
Comparada con todo esto, la vida de Cristo establecía un marcado contraste. Ponía en evidencia la falta de valor de las cosas que los hombres consideraban como esenciales para la vida. Al nacer en el ambiente más tosco, al compartir un hogar y una vida humildes y la ocupación de un artesano, al vivir una vida oscura e identificarse con los trabajadores desconocidos del mundo, Jesús siguió el plan divino relativo a la educación. No buscó las escuelas de su tiempo, que magnificaban las cosas pequeñas y empequeñecían las grandes. Obtuvo su educación directamente de las fuentes indicadas por el cielo, del trabajo útil, del estudio de las Escrituras y la naturaleza, y de las vicisitudes de la vida, que constituyen los libros de texto de Dios, llenos de instrucción para todos los que los buscan con manos dispuestas, ojos abiertos y corazón comprensivo. 78
"Y el niño crecía y se fortalecía, y se llenaba de sabiduría; y la gracia de Dios era sobre él"* Lucas 2:40.
Preparado de esta manera, salió para cumplir su misión, y en todo momento que estuvo en relación con los hombres ejerció sobre ellos una influencia para bendecir, y un poder para transformar que el mundo no había conocido nunca.
El que trata de transformar a la humanidad, debe comprender a la humanidad. Solo por la simpatía, la fe y el amor, pueden ser alcanzados y elevados los hombres. En esto Cristo se revela como el Maestro de los maestros: De todos los que alguna vez vivieran en la tierra, él sólo posee una perfecta comprensión del alma humana.
"Porque no tenemos un sumo sacerdote -Maestro de los maestros, porque los sacerdotes eran maestros- que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza".*Heb. 4:15.
"Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados".* Heb. 2:18.
Cristo es el único que experimentó todas las penas y tentaciones que sobrevienen a los seres humanos. Nunca fue tan fieramente perseguido por la tentación otro ser nacido de mujer; nunca llevó otro la carga tan pesada de los pecados y dolores del mundo. Nunca hubo otro cuya simpatía fuera tan abarcante y tierna. Habiendo participado de todo lo que experimenta la especie humana, no sólo podía condolerse de todo el que estuviera abrumado y tentado en la lucha, sino que sentía con él.
Practicaba lo que enseñaba.
"Porque ejemplo os he dado -dijo a los discípulos-, para que como yo os he hecho, vosotros también hagáis". "Así como yo he guardado los mandamientos de mi padre". *Juan 13:15; 15:10.
Así, las palabras de Cristo tuvieron en su vida una ilustración y un apoyo perfectas. Y más aún, él era 79 lo que enseñaba. Sus palabras no sólo eran la expresión de la experiencia de su propia vida, sino de su propio carácter. No sólo enseñó la verdad; él era la verdad. Eso fue lo que dio poder a su enseñanza.
Cristo reprendía fielmente. Nunca vivió otro que odiara tanto el mal, ni cuyas acusaciones fuesen tan terribles. Su misma presencia era un reproche para todo lo falso y lo bajo. A la luz de su pureza, los hombres velan que eran impuros, y que el propósito de su vida era despreciable y falso. Sin embargo, él los atraía. El que había creado al hombre, apreciaba el valor de la humanidad. Delataba al mal como enemigo de aquellos a quienes trataba de bendecir y salvar. En todo ser humano, cualquiera fuera el nivel al cual hubiese caído, veía a un hijo de Dios, que podía recobrar el privilegio de su relación divina.
"Porque no envió Dios a su hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo sea salvo por él".*Juan 3:17.
Al contemplar a los hombres sumidos en el sufrimiento y la degradación, Cristo percibió que, donde sólo se veía desesperación y ruina, había motivos de esperanza. Dondequiera existiera una sensación de necesidad, él veía una oportunidad de elevación. Respondía a las almas tentadas, derrotadas, que se sentían perdidas, a punto de perecer, no con acusación, sino con bendición.
Las bienaventuranzas constituyeron su saludo para toda la familia humana.
Al contemplar la vasta multitud reunida para escuchar el Sermón del Monte, pareció olvidar por el momento que no se hallaba en el cielo, y usó el saludo familiar del mundo de la luz. De sus labios brotaron bendiciones como de un manantial por largo tiempo obstruido.
Apartándose de los ambiciosos y engreídos favoritos de este mundo, declaró que serían bendecidos los que, aunque fuera grande su necesidad, recibiesen su luz y su amor. Tendió sus brazos a los 80 pobres en espíritu, afligidos, perseguidos, diciendo:
"Venid a mí... y yo os haré descansar".*Mt. 11:28.
En cada ser humano percibía posibilidades infinitas. Veía a los hombres según podrían ser transfigurados por su gracia, en "la luz de Jehová nuestro Dios".*Sal. 90:17. Al mirarlos con esperanza, inspiraba esperanza. Al saludarlos con confianza, inspiraba confianza. Al revelar en sí mismo el verdadero ideal del hombre, despertaba el deseo y la fe de obtenerlo. En su presencia, las almas despreciadas y caídas se percataban de que aún eran seres humanos, y anhelaban demostrar que eran dignas de su consideración. En más de un corazón que parecía muerto a todas las cosas santas, se despertaron nuevos impulsos. A más de un desesperado se presentó la posibilidad de una nueva vida.
Cristo ligaba a los hombres a su corazón con lazos de amor y devoción, y con los mismos lazos los ligaba a sus semejantes. Con él, el amor era vida y la vida servicio.
"De gracia recibisteis -dijo-, dad de gracia".*Mt. 10:8.
No sólo en la cruz se sacrificó Cristo por la humanidad. Cuando "anduvo haciendo bienes"*Hechos 10:38. su experiencia cotidiana era un derramamiento de su vida. Sólo de un modo se podía sostener semejante vida. Jesús vivió dependiendo de Dios y de su comunión con él. Los hombres acuden de vez en cuando al lugar secreto del Altísimo, bajo la sombra del Omnipotente; permanecen allí un tiempo, y el resultado se manifiesta en acciones nobles; luego falla su fe, se interrumpe la comunión con Dios, y se echa a perder la obra de la vida. Pero la vida de Jesús era una vida de confianza constante, sostenida por una comunión continua, y su servicio para el cielo y la tierra fue sin fracaso ni vacilación.
Como hombre, suplicaba ante el trono de Dios, hasta que su humanidad se cargaba de una corriente 81 celestial que unía la humanidad con la Divinidad. Recibía vida de Dios, y la impartía a los hombres.
"¡Jamás hombre alguno ha hablado como este
hombre!"*Juan 7:46.
Esto se habría aplicado a Cristo aun cuando hubiera enseñado únicamente en cuanto a lo físico y lo intelectual o en materias de teoría y especulación. Podría haber revelado misterios cuya comprensión ha requerido siglos de trabajo y estudio. Podría haber hecho sugerencias en ramos científicos que, hasta el fin del tiempo, hubieran proporcionado material para el pensamiento y estímulo a la inventiva. Pero no lo hizo. Nada dijo para satisfacer la curiosidad o estimular la ambición egoísta. No se ocupó de teorías abstractas, sino de lo que es indispensable para el desarrollo del carácter; de lo que amplía la aptitud del hombre para conocer a Dios y aumenta su poder para hacer bien. Habló de las verdades que se refieren a la conducta de la vida, y que unen al hombre con la eternidad.
En vez de inducir al pueblo a estudiar las teorías humanas acerca de Dios, su Palabra, o sus obras, le enseñó a contemplarlo según se manifiesta en sus obras, en su Palabra y por medio de sus providencias. Puso sus mentes en contacto con la mente del Ser Infinito.
"Y se admiraban de su doctrina, porque su palabra era con autoridad". *Lucas 4:32. Nunca antes habló otro que tuviera tal poder para despertar el pensamiento, encender la aspiración y suscitar cada aptitud del cuerpo, la mente y el alma.
La enseñanza de Cristo, lo mismo que su simpatía, abarcaba el mundo. Nunca podrá haber una circunstancia de la vida, una crisis de la experiencia humana que no haya sido prevista en su enseñanza, y para la cual no tengan una lección sus principios. 82
Las palabras del Príncipe de los maestros serán una guía para sus colaboradores, hasta el fin.
Para él eran uno el presente y el futuro, lo cercano y lo lejano. Tenía en vista las necesidades de toda la humanidad. Ante su mente estaban desplegadas todas las escenas de esfuerzo y progreso humanos, de tentación y conflicto, de perplejidad y peligro. Conocía todos los corazones, todos los hogares, todos los placeres, los gozos y las aspiraciones.
No sólo hablaba para toda la humanidad, sino a ella misma. Su mensaje alcanzaba al niñito en la alegría de la mañana de su vida; al corazón ansioso e inquieto de la juventud; a los hombres, que en la plenitud de sus años llevaban la carga de la responsabilidad, a los ancianos en su debilidad y cansancio. Su mensaje era para todos; para todo ser humano, de todo país y toda época.
Su enseñanza abarcaba las cosas del tiempo y la eternidad, las cosas visibles en su relación con las invisibles, los incidentes pasajeros de la vida común, y los solemnes sucesos de la vida futura.
Establecía la verdadera relación que existe entre las cosas de esta vida, como subordinadas a las de interés eterno, pero no ignoraba su importancia. Enseñaba que el cielo y la tierra están ligados, y que el conocimiento de la verdad divina prepara mejor al hombre para desempeñar los deberes de la vida diaria.
Para él, nada carecía de propósito. Los juegos del niño, los trabajos del hombre, los placeres, cuidados y dolores de la vida, eran medios que respondían a un fin: la revelación de Dios para la elevación de la humanidad.
De sus labios la Palabra de Dios llegaba a los corazones de los hombres con poder y significado nuevos. Su enseñanza proyectó nueva luz sobre las cosas de la creación. En la faz de la naturaleza se 83 vieron una vez más los resplandores que el pecado había eclipsado. En todos los hechos e incidentes de la vida, se revelaba una lección divina y la posibilidad de gozar de la compañía de Dios. El Señor volvió a morar en la tierra; los corazones humanos percibieron su presencia; el mundo fue rodeado por su amor.
El cielo descendió a los hombres. En Cristo, sus corazones reconocieron a Aquel que les había dado acceso a la ciencia de la eternidad: "Emanuel, que traducido es: Dios con nosotros". Mt. 1:23.
En el Maestro enviado por Dios halla su centro toda verdadera obra educativa. De la obra de hoy, lo mismo que de la que estableció hace mil ochocientos años*,
el Salvador dice: "Yo soy el primero y el último".
"Yo soy el Alfa y la Omega, el principio, y el fin"*Apoc. 1:17; 21:6.
En presencia de semejante Maestro, de semejante oportunidad para obtener educación divina, es una necedad buscar educación fuera de él, esforzarse por ser sabio fuera de la Sabiduría; ser sincero mientras se rechaza la Verdad; buscar iluminación aparte de la Luz, y existencia sin la Vida; apartarse del Manantial de aguas vivas, y cavar cisternas rotas que no pueden contener agua.
He aquí, él invita aún: "Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba… El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva". "El agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna".*Juan 7:37,38; 4:14.
(La Educación de Elena G de White)
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