A.- LA EDUCACIÓN DE ISRAEL.
"Jehová solo le guió" "Lo trajo alrededor, lo instruyó, lo guardó como a la niña de su ojo". Dt. 32:12;10.
EL
SISTEMA de educación establecido en el Edén tenía por centro la
familia. Adán era "hijo de Dios"*Lucas 3:38, y de su Padre recibieron
instrucción los hijos del Altísimo. Su escuela era, en el más exacto
sentido de la palabra, una escuela de familia.
En
el plan divino de la educación, adaptado a la condición del hombre
después de la caída, Cristo figura como representante del Padre, como
eslabón de unión entre Dios y el hombre; él es el gran Maestro de la
humanidad, y dispuso que los hombres y mujeres fuesen representantes
suyos. La familia era la escuela, y los padres eran los maestros.
La
educación que tenía por centro la familia fue la que prevaleció en los
días de los patriarcas. Dios proveyó, para las escuelas así
establecidas, las condiciones más favorables para el desarrollo del
carácter. Las personas que estaban bajo su dirección seguían el plan de
vida que Dios había indicado al principio. Los que se separaron de
Dios se edificaron ciudades y, congregados en ellas, se gloriaban del
esplendor, el lujo y el vicio que hace de las ciudades de hoy el orgullo
del mundo y su maldición. Pero los hombres que se aferraban a los
principios de vida de Dios moraban en los campos y cerros. Cultivaban
la 34 tierra, cuidaban rebaños, y en su vida libre e independiente,
llena de oportunidades para trabajar, estudiar y meditar, aprendían de
Dios y enseñaban a sus hijos sus obras y caminos.
Tal
era el método educativo que Dios deseaba establecer en Israel. Pero
cuando los israelitas fueron sacados de Egipto, había pocos entre ellos
preparados para ser colaboradores con Dios en la educación de sus
hijos. Los padres mismos necesitaban instrucción y disciplina. Puesto
que habían sido esclavos durante toda su vida, eran ignorantes, incultos
y degradados. Tenían poco conocimiento de Dios y escasa fe en él.
Estaban confundidos por enseñanzas falsas y corrompidos por su largo
contacto con el paganismo. Dios deseaba elevarlos a un nivel moral más
alto, y con este propósito trató de inculcarles el conocimiento de sí
mismo.
Mientras
erraban por el desierto, en sus marchas de aquí para allá, en su
exposición al hambre, la sed y el cansancio, bajo la amenaza de enemigos
paganos, y en las manifestaciones de la Providencia que obraba para
librarlos, Dios, al revelarles el poder que actuaba continuamente para
bien de ellos, trataba de fortalecer su fe. Y habiéndoles enseñado a
confiar en su amor y poder, era su propósito presentarles, en los
preceptos de su ley, la norma de carácter que, por medio de su gracia,
deseaba que alcanzaran. Durante su permanencia en el Sinaí, Israel recibió lecciones preciosas.
Fue
un período de preparación especial para cuando heredaran la tierra de
Canaán. El ambiente allí era más favorable para la realización del
propósito de Dios. Sobre la cima del Sinaí, haciendo sombra sobre la
llanura donde estaban diseminadas las tiendas del pueblo, descansaba la
columna de nube que los había guiado durante 35 el viaje. De noche, una
columna de fuego les daba la seguridad de la protección divina y,
mientras dormían, caía suavemente sobre el campamento el pan del cielo.
Por todas partes, las enormes montañas escarpadas hablaban, en su
solemne grandeza, de la paciencia y la majestad eternas. Se hizo sentir
al hombre su ignorancia y debilidad en presencia de Aquel que "pesó los
montes con balanza y con pesas los collados."*Isa. 40:12. Allí, por la
manifestación de su gloria, Dios trató de impresionar a Israel con la
santidad de su carácter y de sus exigencias, y con la excesiva
culpabilidad de la desobediencia.
Pero
el pueblo era tardo para aprender la lección. Acostumbrado en Egipto a
las representaciones materiales más degradantes de la Deidad, era
difícil que concibiera la existencia o el carácter del Invisible.
Compadecido de su debilidad, Dios le dio un símbolo de su presencia. "Y
harán un santuario para mí, y habitaré en medio de ellos". *Ex. 25:8.
En
cuanto a la construcción del santuario como morada de Dios, Moisés
recibió instrucciones para hacerlo de acuerdo con el modelo de las cosas
que estaban en los cielos. El Señor lo llamó al monte y le reveló las
cosas celestiales; y el tabernáculo, con todo lo perteneciente a él, fue
hecho a semejanza de ellas.
Así
reveló Dios a Israel, al cual deseaba hacer morada suya, su glorioso
ideal del carácter. El modelo les fue mostrado en el monte, en ocasión
de la promulgación de la ley dada en el Sinaí, y cuando Dios pasó ante
Moisés y dijo: "¡Jehová ! ¡Jehová ! fuerte, misericordioso y piadoso;
tardo para la ira y grande en misericordia y verdad".* Ex. 34:6.
36
Pero
por sí mismos, eran impotentes para alcanzar ese ideal. La revelación
del Sinaí sólo podía impresionarlos con su necesidad e impotencia. Otra
lección debía enseñar el tabernáculo mediante su servicio de
sacrificios: La lección del perdón del pecado y el poder de obedecer
para vida, a través del Salvador.
Por
medio de Cristo se había de cumplir el propósito simbolizado por el
tabernáculo: Ese glorioso edificio, cuyas paredes de oro brillante
reflejaban en los matices del arco iris las cortinas bordadas con
figuras de querubines, la fragancia del incienso que siempre ardía y
compenetraba todo, los sacerdotes vestidos con ropas de blancura
inmaculada, y en el profundo misterio del recinto interior, sobre el
propiciatorio, entre las formas de los ángeles inclinados en adoración,
la gloria del lugar santísimo. Dios deseaba que en todo leyese su
pueblo su propósito para con el alma humana. El mismo propósito expresó
el apóstol Pablo mucho después, inspirado por el Espíritu Santo:
"¿No
sabéis que sois templo de Dios, y que el Espíritu de Dios mora en
vosotros? Si alguno destruyere el templo de Dios, Dios le destruirá a
él; porque el templo de Dios, el cual sois vosotros, santo es". * 1 Cor.
3:16,17.
Grandes
fueron el privilegio y el honor otorgados a Israel al encargársele la
construcción del santuario, pero grande fue también su responsabilidad.
Un pueblo que acababa de escapar de la esclavitud debía erigir en el
desierto un edificio de extraordinario esplendor, que requería para su
construcción el material más costoso y la mayor habilidad artística.
Parecía una empresa estupenda. Pero Aquel que había dado el plano del
edificio, se comprometía a cooperar con los constructores.37
"Habló
Jehová a Moisés, diciendo: Mira, yo he llamado por nombre a Bezaleel
hijo de Uri, hijo de Hur, de la tribu de Judá; y lo he llenado del
Espíritu de Dios, en sabiduría y en inteligencia, en ciencia y en todo
arte. . . Y he aquí que yo he puesto con él a Aholiab hijo de Ahisamac,
de la tribu de Dan; y he puesto sabiduría en el ánimo de todo sabio de
corazón, para que hagan todo lo que te he mandado".
Ex. 31:1-6.
¡Qué escuela artesanal era la del desierto:
Tenía por maestros a Cristo y sus ángeles!
Todo
el pueblo debía cooperar en la preparación del santuario y sus
utensilios. Había trabajo para el cerebro y las manos. Se requería gran
variedad de material, y todos fueron invitados a contribuir de acuerdo
con el impulso de sus corazones.
De
ese modo, con el trabajo y las donaciones, se les enseñaba a cooperar
con Dios y con sus semejantes. Además, debían cooperar en la
preparación del edificio espiritual, es a saber, el templo de
Dios en el alma.
Desde
que salieron de Egipto habían recibido lecciones para su instrucción y
disciplina. Aun antes de salir de allí se había esbozado una
organización provisoria, y el pueblo había sido distribuido en grupos
bajo el mando de jefes. Junto al Sinaí se completó la organización.
En
la administración hebrea se manifestaba el orden tan notable que
caracteriza todas las obras de Dios. Él era el centro de la autoridad y
el gobierno. Moisés, su representante, debía ejecutar sus leyes en su
nombre.
Luego
se organizó el consejo de los setenta; les seguían los sacerdotes y
príncipes, e inferiores a ellos los "jefes de millares, de centenas, dé
cincuenta y de diez" *Num. 11:16,17; Deut. 1:15 y finalmente los
encargados de deberes especiales. El campamento estaba arreglado con
orden 38 exacto: En el medio estaba el tabernáculo, morada de Dios, y
alrededor las tiendas de los sacerdotes y levitas. Alrededor de éstas,
cada tribu acampaba junto a su bandera.
Se
hacían observar leyes higiénicas estrictas, que eran obligatorias para
el pueblo, no sólo por ser necesarias para la salud, sino como una
condición para retener entre ellos la presencia del Santo. Moisés les
declaró por autoridad divina: "Jehová tu Dios anda en medio de tu
campamento, para librarte... por tanto, tu campamento ha de ser santo".
*Deut. 23:14.
La
educación de los israelitas incluía todos sus hábitos de vida. Todo lo
que se refería a su bienestar era objeto de la solicitud divina y
estaba comprendido en la jurisdicción de la ley de Dios. Hasta en la
provisión de alimento, Dios buscó su mayor bien. El maná con que los
alimentaba en el desierto era de tal naturaleza que aumentaba su fuerza
física, mental y moral. Aunque tantos se rebelaron contra la sobriedad
de ese régimen alimentario, y desearon volver a los días curando, según
decían, "nos sentábamos a las ollas de carne, cuando comíamos pan hasta
saciarnos"*Ex. 16:3, la sabiduría de la elección de Dios para ellos se
vindicó de un modo que no pudieron refutar.
A pesar de las penurias de la vida del desierto, no había una persona débil en todas las tribus. En
todos los viajes debía ir a la cabeza del pueblo el arca que contenía
la ley de Dios. El lugar para acampar lo señalaba el descenso de la
columna de nube. Mientras ésta descansaba sobre el tabernáculo,
permanecían en el lugar. Cuando se levantaba, reanudaban la marcha.
Tanto cuando hacían alto como cuando partían, se hacía una solemne
invocación. "Cuando el arca se movía, Moisés decía: Levántate, o Jehová,
y sean dispersados tus 39 enemigos... Y cuando ella se detenía, decía:
Vuelve, oh Jehová, a los millares de millares de Israel".*Num.
10:35,36.
Mientras
el pueblo vagaba por el desierto, el canto era un medio de grabar en
sus mentes muchas lecciones preciosas. Cuando fueron librados del
ejército de Faraón, toda la hueste de Israel se unió en un canto de
triunfo. Por el desierto y el mar resonaron a lo lejos las estrofas de
júbilo y en las montañas repercutieron los acentos de alabanza: "¡Cantad
a Jehová, porque en extremo se ha engrandecido". *Ex. 15:21. Con
frecuencia se repetía durante el viaje este canto que animaba los
corazones y encendía la fe de los peregrinos. Por indicación divina se
expresaban también los mandamientos dados desde el Sinaí, con las
promesas del favor de Dios y el relato de los milagros que hizo para
librarlos, en cantos acompañados de música instrumental, a cuyo compás
marchaba el pueblo mientras unía sus voces en alabanza.
De
ese modo se apartaban sus pensamientos de las pruebas y dificultades
del camino, se calmaba el espíritu inquieto y turbulento, se inculcaban
en la memoria los principios de la verdad, y la fe se fortalecía. La
acción en concierto servía para enseñar el orden y la unidad, y el
pueblo se ponía en más íntima comunión con Dios y con sus semejantes.
En cuanto al trato de Dios con Israel, durante los cuarenta años de su peregrinación por el desierto, Moisés declaró:
"Que
como castiga el hombre a su hijo, así Jehová tu Dios te castiga. . .
para afligirte, para probarte, para saber lo que había en tu corazón, si
habías de guardar o no sus mandamientos". Deut. 8:5,2.
"Le
halló en tierra de desierto, y en yermo de horrible soledad; lo trajo
alrededor, lo instruyó, lo guardó como a la niña de su ojo. Como el
águila 40 que excita su nidada, revolotea sobre sus pollos, extiende sus
alas, los toma, los lleva sobre su plumas, Jehová solo le guió, y con
él no hubo dios extraño". Deut. 32:10-12.
"Porque
se acordó de su santa palabra dada a Abrahán su siervo. Sacó a su
pueblo con gozo; con júbilo a sus escogidos. Les dio las tierras de las
naciones, y las labores de los pueblos heredaron; para que guardasen
sus estatutos, y cumpliesen sus leyes. Aleluya". Sal. 105:42-45.
Dios
rodeó a Israel de toda clase de facilidades y privilegios que hiciesen
de él un honor para su nombre y una bendición para las naciones
vecinas.
Le
prometió que, si andaba en el camino de la obediencia, lo ensalzaría
"sobre todas las naciones que hizo, para loor y fama y gloria". Deut.
26:19.
"Y
verán todos los pueblos de la tierra que el nombre de Jehová es
invocado sobre ti, y te temerán". Deut. 28:10. Las naciones que oyeran
esa declaración habrían de decir: "Ciertamente pueblo sabio y entendido,
nación grande es esta". Deut. 4:6.
En
las leyes encomendadas a Israel fueron dadas instrucciones explícitas
en cuanto a la educación. Dios se había revelado a Moisés, en el Sinaí,
como "misericordioso y piadoso; tardo para la ira, y grande en
misericordia y verdad". *Ex. 34:6. Estos principios, incluidos en su
ley, debían ser enseñados a los niños, por los padres y las madres de
Israel. Moisés les declaró por indicación de Dios: "Y estas palabras
que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus
hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y
al acostarte, y cuando te levantes". Deut. 6:6,7. 41
Estas
cosas no debían ser enseñadas como una teoría seca. Los que enseñan la
verdad deben practicar sus principios. Únicamente al reflejar el
carácter de Dios en la justicia, la nobleza y la abnegación de sus
propias vidas, pueden impresionar a otros.
La
verdadera educación no consiste en inculcar por la fuerza la
instrucción en una mente que no está lista para recibirla. Hay que
despertar las facultades mentales, lo mismo que el interés. A esto
respondía el método de enseñanza de Dios. El que creó la mente y ordenó
sus leyes, dispuso su desarrollo de acuerdo con ellas. En el hogar y
el santuario, por medio de las cosas de la naturaleza y el arte, en el
trabajo y en las fiestas, en el edificio sagrado y la piedra
fundamental, por medio de métodos, ritos y símbolos innumerables, Dios
dio a Israel lecciones que ilustraban sus principios y conservaban el
recuerdo de sus obras maravillosas. Entonces, al levantarse una
pregunta, la instrucción dada impresionaba la mente
y el corazón.
En
las providencias tomadas para la educación del pueblo escogido, se pone
de manifiesto que la vida que tiene por centro a Dios es una vida
completa. El provee el medio de satisfacer toda necesidad que ha
implantado, y trata de desarrollar toda facultad impartida.
Como
Autor de toda belleza, y amante de lo hermoso, Dios proveyó el medio de
satisfacer en sus hijos el amor a lo bello. También hizo provisión para
sus necesidades sociales, para las relaciones bondadosas y útiles que
tanto hacen para cultivar la simpatía, animar y endulzar la vida.
Como
medios de educación, las fiestas de Israel ocupaban un lugar
importante. En la vida común, la familia era escuela e iglesia, y los
padres eran los maestros, tanto en las cosas seculares como en las
religiosas. Pero tres veces al año se dedicaban unos 42 días al
intercambio social y al culto. Estas reuniones se celebraron primero en
Silo y luego en Jerusalén. Sólo se exigía que estuvieran presentes los
padres y los hijos, pero nadie deseaba perder la oportunidad de asistir
y, siempre que era posible, todos los miembros de la casa asistían, y
junto con ellos, como participantes de su hospitalidad, estaban el
extranjero, el levita y el pobre.
El
viaje a Jerusalén, hecho al sencillo estilo patriarcal, en medio de la
belleza de la estación primaveral, las riquezas del verano, o la gloria y
la madurez del otoño, era una delicia. Desde el anciano canoso hasta
el niñito, acudían todos con una ofrenda de gratitud a encontrarse con
Dios en su santa morada. Durante el viaje, los niños hebreos oían el
relato de los sucesos del pasado, las historias que tanto a los jóvenes
como a los viejos les gustaba recordar. Se cantaban las canciones que
habían animado a los que erraban por el desierto. Se cantaban también
los mandamientos de Dios que, ligados a las benditas influencias de la
naturaleza y a la bondadosa asociación humana, se fijaban para siempre
en la memoria de más de un niño o joven.
Las
ceremonias presenciadas en Jerusalén, en relación con la ceremonia
pascual; la reunión de la noche, los hombres con los lomos ceñidos, los
pies calzados, el cayado en la mano, la comida apresurada, el cordero,
el pan sin levadura, las hierbas amargas, y el relato hecho en medio de
un solemne silencio, de la historia de la aspersión de la sangre, el
ángel que hería de muerte, y la imponente partida de la tierra de
cautiverio, eran de tal índole que agitaban la imaginación e
impresionaban el corazón.
La fiesta de las cabañas,
de los tabernáculos o de las cosechas, con sus ofrendas de la huerta y
del campo, el acampar durante una semana bajo enramadas, las reuniones
sociales, el servicio recordativo 43 sagrado, y la generosa hospitalidad
hacia los obreros de Dios: los levitas del santuario, y hacia sus
hijos: el extranjero y el pobre, elevaba todas las mentes en gratitud
hacia Aquel que había coronado el año con sus bondades, y cuyas huellas
destilan abundancia.
Los
israelitas devotos ocupaban así un mes entero del año. Era un lapso
libre de cuidados y trabajos, y casi enteramente dedicado, en su sentido
más verdadero, a los fines de la educación.
Al
distribuir la herencia de su pueblo, Dios se proponía enseñarle, y por
medio de él, a las generaciones sucesivas, los principios correctos
referentes a la propiedad. La tierra de Canaán fue repartida entre todo
el pueblo, a excepción únicamente de los levitas, como ministros del
santuario. Aunque alguien vendiera, transitoriamente, su posesión, no
podía enajenar la herencia de sus hijos. En cualquier momento en que
estuviera en condición de hacerlo podía redimirla; las deudas eran
perdonadas cada siete años, y el año quincuagésimo, o de jubileo, toda
propiedad volvía a su dueño original. De ese modo la herencia de cada
familia estaba asegurada y se proveía una salvaguardia contra la pobreza
o la riqueza extremas.
Por
medio de la distribución de la tierra entre el pueblo, Dios proveyó
para él, lo mismo que para los moradores del Edén, la ocupación más
favorable al desarrollo: El cuidado de las plantas y los animales. Otra
provisión para la educación fue la suspensión de toda labor agrícola
cada séptimo año, durante el cual se dejaba abandonada la tierra, y sus
productos espontáneos pertenecían al pobre. De ese modo se daba
oportunidad para profundizar el estudio, para que se realizaran cultos y
hubiese intercambio social, y para practicar la generosidad, con tanta
frecuencia asfixiada por los cuidados y trabajos de la vida. 44
Si
hoy día se practicaran en el mundo, los principios de las leyes de
Dios, concernientes a la distribución de la propiedad, ¡cuán diferente
sería la condición de la gente! La observancia de estos principios
evitaría los terribles males que en todas las épocas han provenido de la
opresión ejercida por el rico sobre el pobre, y el odio de éste hacia
aquél. Al par que impediría la acumulación de grandes riquezas,
tendería a impedir la ignorancia y degradación de decenas de miles de
personas, cuyo mal pagado servicio contribuye a la acumulación de esas
fortunas colosales. Contribuiría a obtener una solución pacífica de los
problemas que amenazan ahora con llenar al mundo de anarquía y
derramamiento de sangre.
La
consagración a Dios de un diezmo de todas las entradas, ya fueran de la
huerta o la mies, del rebaño o la manada, del trabajo manual o del
intelectual; la consagración de un segundo diezmo destinado al alivio
del pobre y otros usos benéficos, tendía a mantener siempre presente
ante el pueblo el principio de que Dios es dueño de todo, y que ellos
tenían la oportunidad de ser los canales por medio de los cuales
fluyeran sus bendiciones. Era una educación adaptada para acabar con
todo egoísmo, y cultivar la grandeza y la nobleza de carácter.
El
conocimiento de Dios, la comunión con él en el estudio y el trabajó, la
semejanza a él en carácter, habían de ser la fuente, el medio y el
blanco de la educación de Israel, educación impartida por Dios a los
padres, y que ellos debían transmitir a sus hijos. (La Educación de E. G de White)
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